La torre de Babel

Una sola lengua, una sola ética, una sola justicia. El viejo sueño ilustrado de la verdadera izquierda

Toda la Tierra hablaba una misma lengua y usaba las mismas palabras". Así comienza el episodio del Génesis 11, 1-9, que narra la construcción de la enorme torre por una humanidad unida, consciente de su grandeza y deseosa de llegar al cielo y conquistarlo. El relato continua así: "Pero Yaveh descendió para ver la torre que los hombres estaban edificando y dijo: He aquí que todos forman un solo pueblo y hablan una sola lengua y nada les impedirá que lleven a cabo todo lo que se propongan… confundamos entonces su lengua de modo que no se entiendan". Y ya se sabe lo que sigue; incapaces de entenderse los hombres tuvieron que separarse, dispersarse y formar distintas comunidades o tribus, paisajes o naciones, y levantar muros y fronteras, condenados a la desunión y el enfrentamiento por toda la eternidad. Las fronteras, ya lo sabemos, son en el fondo mentales. Y la imposibilidad de comunicación y entendimiento entre las criaturas su detonante principal. En estos tiempos en los que los nacionalismos aún luchan por legitimarse a costa de culpar y demonizar a la tribu vecina, merece hacer una reflexión sobre el papel de las lenguas en este proceso separador y excluyente. Con frecuencia escuchamos a casi todos los líderes políticos -incluidos los de una izquierda que debería revisar sus orígenes intelectuales y argumentales- loar la grandeza de las distintas lenguas como un símbolo de riqueza y diversidad cultural, algo muy importante y digno de conservar. Y lo sueltan siempre como un dogma de fe, como una frase hecha que no precisa del menor argumento o justificación. En realidad es todo lo contrario. Los distintos idiomas han sido y son los principales causantes de la falta de entendimiento entre los hombres. La única riqueza preservable de una lengua son las obras fundamentales de la cultura individual, literarias, científicas y del pensamiento, escritas en ella a lo largo de los siglos. Por lo demás, un idioma no encierra ningún otro valor que no sea el referido el estudio antropológico de un determinado grupo humano. Muy al contrario, los idiomas son históricamente las herramientas para la división y el enfrentamiento. El gran reto de la humanidad sigue siendo aún el de la unidad y la eliminación de fronteras. Una sola lengua, una sola ética, una sola justicia. El viejo sueño ilustrado de la verdadera izquierda.

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