El manuscrito

El traspiés de Isaac Viciosa

Ser español no te hace llegar "citius, altius, fortius", más alto, más rápido y con más fuerza: eso sería dopaje

Comienzan este fin de semana los Juegos Olímpicos de Tokio, los Juegos de la Pandemia. Llega a ser una pérdida de tiempo recordar que una Olimpiada es el periodo de tiempo que va de unos Juegos a otros porque frente al desconocimiento de algunos comentadores no vale la Filología. Solo puedo explicar las cosas y aspirar a que alguien me entienda, que no es poco logro alcanzar el ideal de la divulgación, ya expresado por el griego Píndaro en su Olímpica VIII (trad. Suárez de la Torre): "Transmitir las enseñanzas / cuando bien se saben es más fácil; insensato es no aprender antes, / pues solo vaciedad hay en el espíritu de los inexpertos".

Para los antiguos, la competición deportiva era un sustituto civilizado de la guerra: de hecho, se decretaba una "tregua olímpica" durante su celebración. La victoria del atleta se celebraba igual que la de un ejército y su ciudad recibía el honor de vincularse al triunfo deportivo, que siempre es individual. La ciudad recibía el prestigio del triunfador, no al revés, quizá porque en el deporte no cabe el espíritu de raza, madre patria, padre matria (eso deberíamos decir si seguimos la propuesta de la Ministra de Trabajo) o comunidad de propietarios que lleve a la victoria. Ser español no te hace llegar "citius, altius, fortius", más alto, más rápido y con más fuerza: eso sería dopaje.

En la majadería de Isaac Viciosa de que ojalá su récord lo hubiera batido un atleta con apellidos castellanos entendí, como muchos otros, que le molestaba que un tío de Murcia, descendiente de marroquíes y migrante pudiera ser considerado digno de nuestra bandera. Recordé a Píndaro y su Olímpica IV: "Ante la dulce nueva / de los éxitos de sus huéspedes al instante se regocijan los hombres nobles". No es su caso: supongo que también le molestaría el triunfo de mallorquines (Nadal), navarros (Induráin) o catalanes (Llopart). Su España castellana es demasiado corta para compartirla: quiero ser parte de otra en la que todos quepamos con independencia del origen de nuestros ancestros. No puedo sentirme compatriota de alguien que menosprecia los apellidos que no sean castellanos, ni siquiera españoles, mientras porta un nombre (Isaac) que, por mucho que aparezca en el Cantar de Mío Cid, no es castellano, español ni cristiano. El triunfo deportivo presupone excelencia física, no intelectual, luego tampoco hace falta regalarle a alguien así más palabras.

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