Metafóricamente hablando

Ya no estoy triste

Entrecerró los ojos y observó los últimos rayos de un sol, que se despedía dejando un cielo cuajado de acuarelas

Aquellos bellísimos atardeceres en los que un día tras otro, se encendía el paisaje, como si de un incendio sideral se tratase, le habían producido siempre una suerte de melancolía muy difícil de combatir. Sentía como si en su vida se fuesen sucediendo los otoños, y no las primaveras, como el resto de sus coetáneos contaban los años. Entrecerró los ojos y observó los últimos rayos de un sol, que se despedía dejando un cielo cuajado de acuarelas. Estaba sentado sobre el césped, a su alrededor los árboles de hoja perenne albergaban a una miríada de pájaros verdes y chillones, que inundaban la zona como diletantes sin papeles. Cerca, se alzaban esos otros árboles que comenzaban a despojarse de sus hojas, en una especie de "strip tease" natural, que iba dejando al aire sus brazos cada vez mas desnudos. La alfombra de hojas muertas que se había ido formando, tenía ese color tornasolado que va del amarillo al castaño, pasando por todos los tonos posibles, hasta parecer la obra maestra de una mano humana, y no producto del azar. El viento que ya refrescaba, en un instante levantó una nube de hojas y polvo que le hizo dar un salto y sacarlo de sus cavilaciones. No tenía ningún motivo para la tristeza, las cosas le habían ido francamente bien este año: el cambio de trabajo, su hijo recién nacido, muchos deseos cumplidos, y sin embargo…, algo frenaba su felicidad. Le vino a la memoria aquellos versos de Gloria Fuertes sobre los cipreses del cementerio: "Yo no soy triste, lo que pasa es que todos me miráis con tristeza". Quizá fuese así, quizá nadie nos había enseñado a mirar con alegría todo aquello que tenemos, todo lo bueno y lo bello que nos rodea, a disfrutar de esas pequeñas cosas cotidianas que la vida nos ofrece cada día. Parece como si una voluntad superior a cada uno de nosotros, nos empujase a desear lo que no tenemos, a combatir y luchar por cosas que nunca hemos deseado, y a mirar el mundo con tristeza, como a los cipreses del cementerio. Comenzó a pasear por aquel inaudito rincón, lleno de árboles y plantas, incluso dejaron de molestarle los chillidos histriónicos de los nuevos asentamientos ilegales de pájaros propios de otras latitudes, le parecían exóticos, como viajar sin salir de casa. Recordó a la poeta, ella era la viva estampa de la dulzura, de la mirada inocente, con la que percibía un mundo sin filtros. Alguna vez, escuchó a algún crítico literario decir que ella creaba poesía para niños, seguramente desde su decrepitud y melancolía otoñal, esa persona no reparó en que Gloria escribía con la misma mirada limpia, con que miraba al ciprés bajo cuya somra hubiese querido merendar una tortilla de patatas.

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