Sentía Los últimos rayos de sol iluminaban la estancia, inundándola con una luz espectral. Sobre la mesa, el tablero finamente trabajado en madera y nácar, y en sus respectivas casillas las magníficas figuras talladas artesanalmente, negras y blancas, regalo de sus hijos por su cincuenta cumpleaños, esperaban el comienzo de la partida. Él, con la mirada perdida en un punto invisible del horizonte, se resistía a comenzar, su contrincante al otro lado de la pantalla, seguía todos sus movimientos alarmado por su parsimonia. Se conocían desde hacía más de treinta años, y todas las semanas seguían el ritual de encender el ordenador, conectarse y comenzar una partida, que en innumerables ocasiones duraba todo el fin de semana. Cada vez era más difícil ganar, se conocían como la palma de la mano, y sorprender al otro era misión imposible. Sin embargo hoy, una pesada nube negra caía sobre ellos, las fichas se alzaban sobre el tablero, hieráticas y expectantes, pero la mano que las tenía que mover dando inicio a la partida, danzaban nerviosas sobre el tablero, dando pequeños y rítmicos golpecitos con los dedos sobre el mismo, como una música cansina repetida hasta el hartazgo. Su contrincante en el juego, y amigo virtual, desde hacía décadas, no se atrevía a mover una ceja, respetando con su silencio el estado de ánimo que adivinaba en su compañero. La vida no deja de sorprendernos nunca, y una persona que se ha mostrado siempre jovial y cantarina, de repente se vuelve hosca, callada, o apática sin que se sepa la razón de tal transformación, o quizá sí, quizá si se rasca un poco, mana la sangre. Ambos formaban parte de una clase media castigada por la crisis económica, que los azotó si compasión hacía unos años, y que habían superado con orgullo, mucho trabajo y austeridad. Aunque hablaban poco, se identificaban totalmente en sus anhelos, y por compartir una edad parecida, unos gustos similares y un optimismo a prueba de bombas. El ajedrez fue una de esas aficiones que los hermanó, y que hizo que su amistad perdurase año tras año, a pesar de la distancia. Pero hoy tenía esa rara sensación de los domingos por la tarde. Los domingos eran el lado oscuro de los viernes, un día maldito, que nunca supo disfrutar porque siempre lo vivió con la conciencia puesta en el lunes, en el colegio, en el trabajo, en las preocupaciones. Por el contrario, los viernes los disfrutaba como festivos. Haciendo un símil, hoy tenía esa sensación de domingo por la tarde, y no podía evadirse de ella. Cogió de nuevo la carta que le habían entregado en el trabajo, leyó la palabra ERE, y su nombre entre los elegidos. Comenzaba para él la partida más difícil de su vida, y la sentía perdida de antemano, comenzaba una eterna tarde de domingo. Movió la primera ficha……

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