El último bar

El terrón de azúcar que antes de hacer la suprema inmersión podía absorber todo el café amargo y malo

Todos los nuevos bares que cumplen todas las modernas normativas, bares de diseño realizados por interioristas que tratan de combinar precaución con rentabilidad y horarios, que no tienen moscas ni escudos de clubes de fútbol que dibujaba de niño porque ya estaban allí en la madrugada de las siete con sus clientes fijos que no saben de tendencias ni aforos, beben, hablan, sorben su copa de coñac en la entrada para poder fumar en ese cruce que ha modernizado todas las fachadas y rotondas mientras en ese bar solo han cambiado dos cosas, el televisor (ya no está el televisor de tubo enmarcado en un material de color marrón con rallas parecido a los revestimientos que se ponían en los antepechos de las paredes, con su transformador y su rueda de canales pero si están los soportes de tubo cuadrado) y el calendario. Las personas también, o no, porque son las mismas de todas las décadas impasibles ante todos los cambios vigiladas por ese animal de colmillos feroces que pende sobre tu mesa y tu café puesto en los mismos vasos cóncavos con dos rayas y solo falta el terrón de azúcar (ya no se puede tomar ningún azúcar, el mismo que se mandaba por los trenes en bloques como si se tratara de una rara especia). El terrón de azúcar que antes de hacer la suprema inmersión podía absorber en su inmensa capilaridad todo el café amargo y malo. El café es pésimo, todo es vetusto y hasta siniestro pero todos los bares cerrarán y abrirán nuevos que también terminarán cerrando el gasto jamás se amortiza, salvo en ese bar que ya estaba allí antes de todos los bares donde rudos paisanos se afanan en despertar todos los días de diario. También había otro bar igual de herrumbroso pero como no podía competir con este bar pues se derrumbó de noche para no herir a ninguno de sus asiduos. Y las torres más altas, las que servían como trenes comidas, tapas y tostadas, de un plumazo, como el pavo que calcula que todo va bien proyectando su vida tal y como va evolucionando cada día y que hace presagiar que si todo sigue así todo cada vez será mejor sin saber que mañana es Navidad. Y hasta el aseo es pedestre para que deseemos pulcros bares y cafeterías perfectas con máquinas que te cobran pero que aplastados por todos los progresos cierren por exceso de normas e imposibilidad de solventar la diferencia ingreso-gasto inamortizable. Y todo va y termina bien, hasta incluso el cierre es modélico.

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