Nuestros valientes

Y ahí los tenemos, dándonos lecciones de adaptación, aguantando como campeones

De un tiempo a esta parte hemos visto cómo determinadas palabras han ido ganando prestancia hasta hacerse las protagonistas de toda descripción de cuanto se nos presenta como de importancia para la sociedad. Me vienen a la cabeza, por ejemplo, las palabras transversal, impacto y palanca, tan utilizadas para presentarnos proyectos de leyes y reformas normativas dirigidas a devolvernos el esplendor que la crisis financiera de 2009 nos arrebató. Pero, sin duda, la más popular desde que la Covid-19 apareció en nuestras vidas es la palabra resiliencia, esa capacidad tan conveniente como traicionera, porque, siendo una cualidad tremendamente positiva para adaptarnos a situaciones adversas, llevada al extremo nos puede hacer perder la perspectiva necesaria para reconocer dónde queda el límite que nos convierte en nuestro peor enemigo, ese que explica la fábula de "la rana hervida". Pues bien, si, ahora que parece que lo peor ya ha pasado, echamos la vista atrás podremos darnos cuenta que hay un colectivo, un grupo de excepcionales personitas, que nos ha dado un maravilloso ejemplo de resiliencia hecha virtud; nuestros pequeños. Están a punto de terminar el año lectivo más extraño de su corta vida. Un curso en el que no han podido quitarse una mascarilla que les molesta, les dificulta su aún inmadura expresión y no les permite reírse a carcajadas con sus amigos ni hacerles las muecas con las que les gusta sacarles unas sonrisas. Un curso en el que se les ha prohibido el contacto físico con sus compañeros y sus juegos de siempre en el patio. Un curso en el que no han podido compartir cumpleaños ni tardes de juegos, en el que sus interacciones se han reducido a una cosa llamada "grupo burbuja", en el que podían estar, o no, sus mejores amigos, y en el que se han visto privados de esas actividades extraescolares que tanto bien les hacen. Un curso lleno de cosas perturbadoras que, para mayor intranquilidad, han tenido que asumir viviendo a rebufo de los miedos de sus padres y familiares y, en demasiados casos, viéndolos enfermar, sabiendo de la enfermedad de gente cercana a la familia y, en el peor de los escenarios, perdiendo a seres queridos de los que podían haber disfrutado unos cuantos años más y despidiéndose repentinamente de personas que tenían un papel muy importante en su estabilidad y felicidad. Y ahí los tenemos, dándonos lecciones de adaptación, aguantando como campeones y aprendiendo para ser nuestro futuro. Han sido unos valientes y se merecen nuestro reconocimiento, como se lo merecen sus maestros, que han sido capaces de hacer que, pese a todo lo anterior, y pese a sus propias circunstancias, nuestros niños salieran del colegio abstraídos de la realidad, con una sonrisa en la boca y preguntándonos si el fin de semana podría ver a alguno de sus amigos. Gracias.

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