El verdadero Fortuny

El motivo es que siempre pintó transido de emoción, de fiebre creativa verdadera

Casi desde su temprana consagración en vida y hasta hoy, Mariano Fortuny (Reus, 1838 - Roma, 1874) es uno de esos artistas que ha sido atacado desde diferentes ámbitos, bien desde el purismo artístico de la modernidad nacida con el Impresionismo, bien desde el de la historiografía -desorientada por la dualidad temática y estilística del autor-, e incluso, desde el de la envidia pura y dura , que ya conoció en su corta vida tras el éxito de ventas de su obra propiciado por su marchante Goupil y el aura de veneración ejercida por multitud de artistas repartidos por toda Europa, que lo reconocían como un genio y maestro consumado. Fortuny, que murió con una carrera fulgurante en marcha a los treinta y seis años, se interesó desde el principio por una pintura de corte historicista y anecdótica, gustosa de representar escenas de tiempos pasados -como las conocidas de "casacones", que recrean personajes y situaciones goyescos de siglo XVIII- y todas las orientalistas, seducidas por el influjo del mundo árabe, marroquí o hispano-musulmán. Esas escenas de pequeño formato, con muchos personajes y escenarios ricamente ornamentados, descritos con minuciosa y virtuosa atención, son las que le procuraron una fama inmediata, unos éxitos dinerarios apabullantes, y las críticas más feroces de sus más modernos contemporáneos, especialmente de la primera generación de Impresionistas, incapaces de tolerar un gusto tan recargado y barroco, de fácil éxito entre el coleccionismo burgués. Fortuny mantuvo esta temática hasta el fin de sus días, pero, poco a poco, fue desarrollando otra pintura más libre que siempre consideró la suya, que lo llevaba hacia un luminismo plenairista de sello propio. Paisajes, jardines, rincones y retratos, tratados de una forma más desenvuelta y naturalista, especialmente en su periodo granadino y en el de Portici, previos a su repentina muerte. Esta dualidad temática y estética ha desorientado hasta hoy y ha propiciado las posturas críticas, pero, pese a todo, Fortuny sigue emocionando a coleccionistas y pintores, sigue teniendo una gran vigencia. El motivo hay que buscarlo, independientemente del tema, en que siempre pintó transido de emoción, de fiebre creativa verdadera, y supo parir un universo propio. Su técnica es, tanto en las obras más minuciosas como las más libres o abocetadas, un ejercicio de pintura pura que se enfrenta con la realidad, sea contemporánea o recreada, y la traduce al cuadro con una poesía muy emocionada y auténtica.

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