Otra vez el federalismo

La propuesta es una estrategia que intenta hacer frente al problema desde posiciones abiertas a la cesión, a transigir

Respiréun poco el lunes por la mañana. Embutido en el ámbito de pesimismo racial que a mí también me embarga escuché una propuesta que no deja de ser ilusionante. Es como una especie de tejido elástico que trata de evitar que se desmembre esta convivencia nuestra que se convulsiona atrapada entre esas dos fuerzas irreconciliables, dogmáticas, rígidas e intransigentes: los nacionalismos catalán y español. Tal cual se expresan unos y otros no hay superación posible y todos terminaremos rotos. Por eso no deja de ser un poquito de oxígeno ver que personas de distinta posición ideológica, Manuel Cruz y J.A. Zarzalejos, han podido llegar a una especie de acuerdo de mínimos para intentar superar esta abierta contradicción de posiciones, para abrir ese callejón sin salida. Oída la noticia y leído el artículo, me he podido permitir el lujo de sumarme a esa oferta. Es una estrategia cuya necesidad apuntaba ya en una entrega anterior y que intenta hacer frente al problema desde posiciones abiertas a la cesión, a transigir. La verdad es que la propuesta no es nada radicalmente nuevo; más bien se trata de una opción que se viene ofertando desde hace bastante tiempo pero de la que se ha huido (no sé exactamente por qué) como de la peste, y que tiene como modelo la estructuración de algunos estados contemporáneos: el federalismo. Añaden los autores una innovación: monarquía federal. Es decir, potenciar la figura del rey como árbitro entre estas tensiones desesperantes. No podemos ir a ninguna parte si solo se dejan oír o bien la exigencia de una unidad sustancial, sagrada, que no admite la más mínima relajación; o bien la ruptura total con el pasado común, tomando como base o fundamento la realización, a las bravas, de un referendum que se apoya en un autoconcedido "derecho a decidir", expresión a todas luces incompleta por cuanto falta el objetivo de aquello a lo que se tiene derecho a decidir, y que dan por sentado que se trata del futuro de una zona geográfica, de la independencia de un "pueblo" o de una "nación". Circunscrito el problema, lo más grave de todo eso es que ni todos, ni siquiera una minoría muy cualificada se inclina por la primera propuesta en Cataluña, y ni todos, y ni siquiera una minoría muy cualificada se determina por la segunda. Esa tensión necesita del elástico de una propuesta equilibrada. Solo falta que los interlocutores se dejen los inmovilismos.

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