El cañillo

Francisco G. Luque

La vieja estación

Se tardó tres años en construirla (1890-1893), mientras que para verla reformada, desde que dejó de usarse por la apertura de la Intermodal en 2005, los almerienses hemos tenido que esperar nada menos que más de quince. La vieja estación de trenes ha estado en un completo olvido para las distintas administraciones, acumulando polvo y castigada sin sentido a un silencio insultante, nada merecido para una joya arquitectónica de nuestra capital. A pesar de ello, de estar más de una década dejada de lado, con sus cristales sucios, rotos y su reloj quieto como si se hubiese parado el tiempo para todo el edificio desde que cerró sus puertas a los viajeros, su belleza era incuestionable. Hoy, más todavía. Es cierto que se pudo adecentar mucho antes, pero creo que no mejor. La clave está en ver qué uso se le dará, de qué forma podremos disfrutarla los ciudadanos y turistas. Ojalá vuelva a ser un punto de referencia emocional como lo fue durante más de cien años con abrazos de despedida y besos de reencuentro. Una pena que ahora que luce más preciosa esté a la sombra de varios gigantes de hormigón.

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