La colmena

Magdalena Trillo

mtrillo@grupojoly.com

¡Yo voy a votar!

El giro efectista de Rivera con el órdago de la abstención es propio de Podemos, pero del de Iglesias-Errejón

Llevo diciendo desde la investidura fallida de Pedro Sánchez que el 10 de noviembre no pienso ir a votar. Que es una tomadura de pelo; que me indigna la mediocridad y el tacticismo de los aspirantes a estadistas que pululan por Madrid. La semana pasada lo espeté indignada en la Redacción y mi compañero de mesa me advirtió de la fragilidad de mi cabreo: "¡Siempre dices lo mismo y luego vas y votas".

Pues sí. Tuve que asentir. Y ha bastado un puñado de circunstancias inconexas para devolverme al redil. El giro efectista del líder de Ciudadanos ha contribuido, no lo negaré, pero sólo para reafirmarme en que, por mucho que la vida discurra circular, por mucho que pasemos una y otra vez por el mismo sitio, la espiral nunca es exactamente igual. Tampoco en las urnas.

Rivera ha quebrado el relato del PSOE. Con una intencionalidad más o menos tramposa, con un horizonte claramente electoral, la formación naranja ha terminado por asumir la presión de la opinión pública -especialmente de la publicada, del lobby mediático y empresarial- para entender que el coste de una repetición electoral podría ser un golpe irreversible si siguen renegando de la izquierda, alejándose del centro y, en la disputa obsesiva por el liderazgo de la derecha, dejando toda la iniciativa a un crecido Pablo Casado.

Ha sido una maniobra propia de Podemos. De los buenos tiempos de Pablo Iglesias-Íñigo Errejón. De cuando los morados cambiaban el paso a los socialistas y hasta les arrebataban el monopolio sobre las políticas de izquierdas de derechos y libertades que el PSOE había terminado asimilando a su ADN. En julio prefirieron, sin embargo, ponerles alfombra roja al 10-N envueltos en un incomprensible arrebato de dignidad. ¿Se puede rechazar una vicepresidencia y tres ministerios? ¿De verdad dijeron 'no' a gobernar por no contar con las políticas activas de empleo?

Haya o no elecciones, tal vez estemos asistiendo a un cambio sustancial en la vida política española. Las personas importan; y más aún quién se sienta a negociar. Lo solemos proclamar en la esfera local, remarcando el peso del cabeza del cartel sobre las siglas, y tendríamos que empezar a extrapolarlo a la escala nacional. Se preguntaba el otro día Pablo Iglesias si la situación hoy sería distinta si él se hubiera sentado con Pedro Sánchez. Demasiado tarde. La espiral vuelve pero nunca gira igual. Y no hace falta que lo diga Carmen Calvo. Ocurre como en las rebajas: justo cuando te decides a comprar, la oferta no está.

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