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El desprecio de Iglesias por los ciudadanos

Por su sectarismo, demagogia y falta de proyectos, Iglesias dejó muy claro ayer que no está preparado para ser presidente del Gobierno

Como era previsible, los ciudadanos asistimos ayer a una auténtica ceremonia de la confusión en el Congreso de los Diputados. En unos momentos en los que el país , su clase política y sus instituciones deberían estar plenamente centrados en superar definitivamente la crisis económica para volver a los niveles de empleo y riqueza anteriores a la misma, sus señorías tuvieron que dedicar una agotadora jornada a los intereses de un partido, Podemos, y de su líder, Pablo Iglesias, quien dejó claro que su hábitat natural no es el tedioso y provechoso trabajo político del día a día -ese que busca la mejora de la vida de los españoles-, sino la bronca política en la que los ideales de grueso calibre se anteponen a cualquier lógica, por elemental que sea.

Debía Pablo Iglesias comparecer ante sus señorías y el conjunto de los ciudadanos para mostrar un programa de gobierno alternativo al del popular Mariano Rajoy. Sin embargo, lo que se pudo ver y escuchar fue una retahíla de consignas y lemas políticos de carácter radical -más pensados para su distribución en las redes sociales que para la seriedad del debate parlamentario-; una interminable, pretenciosa, manipulada y maniquea lección de historia de España que no sólo puso en cuestión la capacidad de Iglesias como hipotético presidente de la nación, sino como profesor universitario con un mínimo de objetividad y amor por la verdad. A Iglesias poco le importan los problemas verdaderos de los ciudadanos. Como bien dejó claro ayer, lo suyo es la simple agitación con dos objetivos: la deslegitimación de la derecha (casi ocho millones de votantes fueron insultados y estigmatizados) y el erigirse, por encima del PSOE, como paladín de la izquierda. En el fondo y en la forma subyace una impugnación total a eso que llaman el "régimen del 78", es decir, la democracia parlamentaria tal como la conocemos actualmente, que no deja de ser el sistema que ha permitido la reconciliación de todos los españoles y, pese a los difíciles últimos años, la era de mayor prosperidad económica y social del país en toda su historia. Incluso en los momentos en los que más le asistió la razón, como cuando cargó con dureza contra la corrupción, Iglesias dejó demasiado en evidencia su sectarismo político, algo que lo invalida como posible presidente del Gobierno. Ésa, y ninguna otra, es la conclusión final de una sesión maratoniana, confusa y bronca que en nada ayuda a la gobernación del país. El desprecio de Iglesias por los ciudadanos quedó ayer bien patente.

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