Tribuna

Javier Pery Paredes

Almirante retirado

Agua de mayo

De alabar el buen comportamiento individual ante la necesidad general, se impuso una sanción colectiva porque alguno incumplió la norma

Agua de mayo Agua de mayo

Agua de mayo

Como agua de mayo", así se espera el fin del estado de alarma. Tanto tiempo en una situación inusual como ésta, tiende a convertir lo anormal en lo habitual, lo marginal en central y lo superfluo en lo importante. Nada tendría tanta importancia si se tuviera conciencia de que es así, pero me da que pasa lo contrario, que se acepta esta inversión como la nueva normalidad de la que algunos hablan.

La convivencia social se trufó con mil cosas ajenas a lo que solía ser el comportamiento natural de la gente: proximidad, respeto, buen trato,...; para tornarse en un estado de sospecha permanente. Tanto así que, la mirada de ánimo al vecino, pasó a ser de recelo. De alabar el buen comportamiento individual ante la necesidad general, se impuso una sanción colectiva porque alguno incumplió la norma. Suena a esa manera autoritaria de un pasado que pocos ya conocen: Se emborrachó un soldado, ¡que cierren la cantina!

Mucho de esto es resultado de la profusión de normas administrativas sobre la pandemia, mientras se imponen leyes que nada tienen que ver con ella, todo lo contrario. Hay mucho que objetar sobre el fondo de cada una de ellas, pero más sobre la prisa con la que se impusieron. Sobre las medidas sanitarias ¿qué decir? van y vuelven como quien mira desde fuera un tiovivo. La irracionalidad con la que se dictan produce inseguridad y la interpretación que hacen no-expertos propagandistas incrementa la incredulidad.

Conforme las limitaciones de movilidad pasaron de la puerta de la casa a los límites administrativos del municipio, provincia o comunidad, convertidas en ficticias fronteras interiores, se trastocó compartir con el vecino la pena de estar encerrado, a sospechar de él. Ni que decir tiene, hasta qué punto se incrementó la colectivización de las denuncias contra los residentes en un lugar u otro, con el consiguiente castigo de escarnio público.

Contaba un erudito historiador que la movilidad tuvo que ver en la división territorial en regiones y provincias que diseñó Javier de Burgos en el siglo XIX. Además de considerar la historia para hacer la distribución administrativa del territorio, tomó en cuenta la topografía y los medios de transporte para definir los límites provinciales. La finalidad era mantener la capacidad de las autoridades provinciales para desplazarse hasta los límites de su jurisdicción y a los vecinos para llegar a la capital, en un sólo día. Traducido

a parámetros de aquellos tiempos, imagino las distancias a recorrer en una jornada a caballo o una navegación entre islas. Así se entiende que provincias llanas y mejor comunicadas resultaran más grandes que las montañosas con peores caminos.

Por aquel entonces, cualquiera se podía mover de un sitio a otro, tanto como dieran de sí sus medios de locomoción y su voluntad. El territorio nacional era un todo, propiedad de todos, por donde se hablaba una misma lengua para entenderse (que para eso sirve saber idiomas) y por donde se contaba una historia común. Me da que el virus entiende poco de demarcaciones administrativas y que "cerrar perimetralmente" pueblos, ciudades, provincias y regiones sirve de poco para neutralizar al virus. Mucho menos que convencer al cada individuo que su salud, y la de todos, está en que se cuide y cuide de los demás.

Y a cuenta del final del estado de alarma parece que, para un Congreso descargado de funciones estos últimos tiempos, fueron insuficientes seis meses para dar forma legislativa a soluciones sanitarias. Sin embargo si lo fue para redactar (mal), estudiar (poco) e imponer (mucho) leyes ideológicas contrarias a la vida, a la igualdad de trato, a la libertad personal, al mantenimiento del trabajo y la mejora de la economía. Así que, en la misma onda, si se elucubra sobre las razones de la instauración de tan inexplicables fronteras interiores y tan inmanejable cogobernanza, todo apunta a experimento de "estado plurinacional". Y ya se ve el resultado del ensayo: vacío gubernamental, descoordinación administrativa, desobediencia institucional, burocracia creciente, economía menguante,... La consecuencia: una sociedad quebrada por la desconfianza política, suspicacia social, desigualdad entre españoles, trabajo fundido en negro,... y aislamiento internacional. Que nadie pida que asuma como buena esta situación pero, a pesar de todo, guardo la esperanza de que, con las aguas de mayo, florezca la razón y llegue la bonanza.

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