Tribuna

Manuel Peñalver

Catedrático de Lengua Española de la Universidad de Almería

La COVID-19, una guerra biológica

La verdad, y nada más que la verdad, es lo que piden los ciudadanos con el fin de que la noche no sea olvido

La COVID-19, una guerra biológica La COVID-19, una guerra biológica

La COVID-19, una guerra biológica

La manipulación del lenguaje es como verter ciénago en un manantial, fango, en un venero o lodo, en una fuente de agua cristalina. Algo semejante ocurre con la situación que vivimos, donde la verdad se tergiversa hasta corromper el significado literal de las palabras en el diccionario y en la argumentación. Los efectos se ramifican, de este modo, en sus hojas caducas, con el fin de borrar el sentido que los enunciados tienen como testimonios de lo que es y de lo que no. Me refiero, en concreto, al hecho de darle un nombre diferente a lo que es una guerra virológica. Por ello mismo, volvemos a preguntarnos: ¿de qué laboratorio ha salido la COVID-19, en forma de enfermedad y pandemia mortal? ¿Quién se atreve a decir siquiera un sintagma de la verdad? ¿Por qué la mentira se estampa a modo de ponzoña? ¿Por qué las metáforas cabalgan, taciturnas, con el significante enmascarado?

No sé si la película de los acontecimientos, la cual estamos viendo, es una pesadilla hitchcockiana o un relato kafkiano; pero lo que percibimos se parece más a una guerra que a una gripe, por virulenta que sea en su genealogía patológica. Sabemos, por ahora, dónde empezó: Wuhan; mas desconocemos la causa y el origen. ¿Pudiera ser un virus creado con una macabra y asesina intención, como si alguna mano siniestra hubiera decidido cortarle las alas a la vida, en lugar de protegerlas y ampararlas en su hermosa fotografía? El diario inglés Daily Mail revela que Estados Unidos financió a un laboratorio de la ciudad china para que analizara los efectos del virus en los murciélagos, que fueron capturados en una cueva de Yunnan. El contagio se puede haber producido al entrar en contacto los científicos con la sangre de los murciélagos. La política finge, pero la realidad, por magna que sea la patraña, no. Estamos convencidos de que el periodismo valiente, que todavía subsiste, nos dirá lo que ha ocurrido. Todos deseamos que, más pronto que tarde, se descubra si lo que vivimos es una guerra biológica o un tráiler, el cual no sabemos descifrar. Los días van pasando, la economía se hunde, el porvenir de todos ya no es el mismo y las jóvenes generaciones otean un futuro con nubarrones y borrasca. La batalla silenciosa continúa, pero el puñal de la traición nunca podrá vencer a la esperanza. Jamás. Ni siquiera falseando la sinalefa de una lágrima.

Estamos viviendo, por mucho que rehuyamos la sintaxis de los hechos, un ataque: sin bombardeos, sin ejércitos convencionales; mas con un arma siniestra de lo que constituye la pandemia virológica a manera de la COVID-19. Tal fuera una ciberguerra mortífera y, tal vez, diseñada, como los papiros del tiempo, si los secretos se indagan sin dejarlos en la sombra alargada de la abulencia, podrían demostrar. El Gobierno de Sánchez e Iglesias dice la verdad a medias; sin embargo, los ciudadanos navegan y atestiguan que, en tantas mañanas y noches, el periodismo tiene que ser el que fue para que podamos leer las páginas sin abstracción y acariciando el papel del diario, con el propósito de que no nos tomen por títeres y peleles; figurillas o juguetes. Sánchez habla enmarcado en el traje y la corbata del márquetin. Iglesias, encuadernado en una chaqueta, que le queda muy ancha, como si fuera de prestado, con una voz que no es la suya, sino la del poder.

Nos quedan todavía en esta partida, tan arriesgada, algunas cartas encima de la mesa. La principal: el periodismo como el de aquel Washington Post, que dirigía Ben Bradlee. La verdad, y nada más que la verdad, es lo que piden los ciudadanos con el fin de que la noche no sea olvido y el misterioso virus no contagie también lo que importa a las palabras, cuando se declinan. Sánchez e Iglesias son actores en el olor a té de las tardes del confinamiento. La secuencia es un selfi de lo que somos. Sin embargo, mañana puede ser un relato, donde los protagonistas pueden ser los últimos en abrir las páginas de un manuscrito. O bien, los últimos en salir en la portada de la falacia: aquella, por donde todo se aleja, rumbo al imbornal. Nos quedan, no obstante, los versos que nos permiten seguir existiendo. Como estos de una de las voces más auténticas de la poesía española del siglo XX: Antonia López Navas, nacida en el querido Castillo de Locubín: Todo se borra con las sombras / lo que no pudo ser así fue soñado / para que todo pueda ser recobrado a golpe de esperanza / en cada atardecer amarillo.

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