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Tribuna

Diego Clemente

Director del PITA

Conversaciones desde mi balcón

Lo que es de público conocimiento es su edad, rondando las setenta décadas, su buen porte y su saludable aspecto

Conversaciones desde mi balcón Conversaciones desde mi balcón

Conversaciones desde mi balcón

Nada más abrir los ojos ésta mañana, mi primer pensamiento ha sido el mismo con el que anoche caí en brazos de Morfeo. He vuelto a rebobinar la conversación de balcón a balcón que mantuve el día pasado con mi vecino, manteniendo eso sí los parámetros de distancia ordenados por la autoridad competente.

Una sensación de tristeza aderezada de compasión fue la que me inundó después de la plática con don Antonio a la sazón mi vecino de la puerta B. De él sé poco o mucho según se valore el conocimiento de la vida y milagros que se pueda tener de los que comparten una colmena de altura interminable. Conozco su condición de jubilado del ejército y también de que es un empedernido lector, dato éste último que no debe de haber transcendido más allá del ámbito de nuestra planta. Lo que es de público conocimiento es su edad, rondando las setenta décadas, su buen porte y su saludable aspecto. La coronilla de quien relata no alcanza más allá de su nariz lo que con poco margen de error me inclina a pensar que un metro y casi noventa partes de otro metro levanta mi vecino de suelo a techo. Me refiero a suelo y techo del ascensor, el foyer de nuestra era, donde es fácil referenciar orden de magnitudes aún en efímeros viajes.

Sin más dilación paso a relatar el encuentro con don Antonio que fluyó de ésta guisa:

Andaba yo ansioso por balconear un rato aprovechando que mis dos pequeñajos se encontraban en estado de tregua. Una vez ubicado en mi inexpugnable atalaya, me invadió la sensación de sosiego que solo la luz de algunos atardeceres produce. Vencida la mirada al balcón de mi vecino de la puerta B solo alcancé a adivinar parcialmente la silueta de éste sosteniendo en sus manos un libro de importante porte.

-Buenas tardes o casi noches don Antonio - más bien ya lo segundo vecino- me contestó incorporando su corpachón al vuelo de la fachada.

-Usted como siempre con sus lecturas - cierto, éste vicio lo adquirí siendo aún pipiolo y en los tiempos que corren resulta un vicio muy saludable.

-Si no es indiscreción don Antonio ¿qué lee usted?- releyendo vecino, releyendo el Arte de la Guerra de Sun Tzu -claro en su condición de militar le parecerá interesante- así es pero éste libro escrito hace dos mil quinientos años es más que un tratado sobre la guerra es también un tratado sobre la condición humana que no es poco.

- Hablando de otra cosa ¿qué piensa usted de todo lo que está pasando?-Después de esbozar media sonrisa, don Antonio gesticuló con la mano en actitud del que ordena esperar y comenzó a adelantar páginas hasta plantarse y sin solución de continuidad comenzó a leer en voz alta:

- El que llega primero al campo de batalla espera fresco la llegada del enemigo para combatir. Quién llega tarde al campo de batalla tiene que apresurarse y llega exhausto al combate.

- Don Antonio, si es lo que yo pienso, me ha contestado usted con meridiana claridad- Ya te dije vecino que éste libro es mucho más que un tratado sobre la guerra. En fin, si no fuese por mis lecturas, no sé cómo sobrellevaría ésta situación endurecida además por la ausencia de mis nietos.

- Pero don Antonio, ahora con video llamadas y demás medios puede usted verlos cada vez que quiera.

- Tú lo has dicho vecino, verlos, pero en ausencia de besos y abrazos. Algún día que sin duda te habrá de llegar comprenderás el inmenso valor que tienen el abrazo o el beso de un nieto.

Me percaté en ése momento de que los ojos de don Antonio se tornaban más vidriosos de lo pertinente y asomando un nudo en mi garganta solo alcancé a apresurar la despedida.

-Ya si, buenas noches don Antonio- Que también las tengas tú, vecino.

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