Tribuna

Javier Pery Paredes

Almirante retirado

Dentro de la niebla

En la Unión Europea, Francia y Alemania juegan con todos y a todo con autonomía, una por poder nuclear que posee y otra por el económico. Entre los demás, hay de todo

Dentro de la niebla Dentro de la niebla

Dentro de la niebla

El vínculo de la Política Exterior con el Poder Naval, una constante en la historia, evolucionó a lo largo del tiempo. Hoy adopta una nueva fisonomía ante la pugna entre China, Estados Unidos y Rusia por la hegemonía mundial. Eso que llaman: Competencia de las Grandes Potencias; tiene entre sus objetivos el dominio de las líneas de comunicación marítima que sustentan el comercio mundial. Parece que decayó la preponderancia de la ideología comunista y aumentó la preeminencia de la economía liberal.

En otros tiempos, la vinculación entre Diplomacia y Milicia adquirió otras apariencias. Una de ellas fue la Diplomacia de las Cañoneras, una manera diplomática, nunca mejor dicho, de como potencias hegemónicas imponen tratados a naciones débiles desde la mar. Los amantes de la ópera recordarán como en Madama Butterfly, Puccini vistió de romanticismo y, por ende, con un dramático final, la acción real del Comodoro Perry, de la marina de los Estados Unidos, de fondear su navío en la bahía de Tokio a mediados del siglo XIX para obligar a Japón a abrirse al mercado internacional.

Menos conocida y romántica fue la operación que España llevó en el Pacífico para defender los intereses de los españoles oriundos de Chile y Perú por aquellos años. Una bien diseñada intervención naval que, por la mala decisión política de obligar a los marinos a poner pie en tierra e invadir la Isla de Chichas, se convirtió en un inútil enfrentamiento, con el bombardeo de Valparaíso y el intercambio de disparos con las baterías de costa de El Callao. Lo dicho, diplomacia de cañoneras convertida en guerra del guano, el excremento peruano que servía de abono antes de que lo hiciera el salitre chileno.

Se atribuye a Cronwell la frase de que un buque de guerra era uno de sus mejores embajadores. Verdad es que, en un barco, se unen: la representación nacional, la versatilidad para combatir o prestar ayuda humanitaria, la capacidad de graduar el esfuerzo en una u otra tarea en función de la decisión política, la movilidad para desarrollarla aquí o más allá al acceder sin barreras a medio mundo, desde la mar, y la ventaja de estar sin dejarse ver al situarse tras el horizonte cuando haga falta. Otro inglés, Greoffrey Till, profesor del Real Colegio Naval de Greenwich, señaló tras la Guerra de las Malvinas, que las funciones de las marinas cambian con los medios de que disponen, pero los conceptos permanecen.

Así, mientras la globalización, el desarrollo tecnológico y la expansión de los medios de comunicación modifican y actualizan las formas de hacer diplomacia con cañoneros, la esencia del concepto se mantiene. Hoy, las naciones que quieren tener presencia global preservan la capacidad de sus marinas y planean dotarse de cañoneros para hacer diplomacia mañana. La permanencia indefinidamente en la mar, sostenida por una flota de buques logísticos, da sustento al adjetivo global. La innovación científica y el desarrollo tecnológico, aplicados a sistemas de combate, hacen posible graduar la presión sobre un adversario, en fondo y forma. Y el uso de los medios de comunicación facilitan tomar la iniciativa, lanzar el mensaje, además de al oponente, a la comunidad internacional e interpretar los hechos en beneficio propio. En fin, ganar la guerra antes de que se inicie.

Así las cosas, son pocas las naciones que pueden asumir un papel protagonista global en la obra estratégica de establecer un nuevo orden mundial: China, Estados Unidos, Rusia y… alguna más. Sin embargo, como en toda función bien montada, hay muchos más papeles que repartir. En este hemisferio, el Reino Unido, protagonista ayer, optó por el de preservar su soberanía y aceptar que le toca actuar de secundario, eso sí, sin renunciar a ganar un oscar. En la Unión Europea, Francia y Alemania juegan con todos y a todo con autonomía, una por poder nuclear que posee y otra por el económico. Entre los demás, hay de todo. La cuestión es decidir si se quiere prevalecer o quedarse en la nada.

Más que decidir a qué protagonista se apoyará (si en esto se duda, sería un desastroso comienzo), la cosa está en cómo conseguir un papel en la obra. Los gobiernos pujan con los presupuestos de Defensa. La tarea de las marinas es revisar y redefinir el inventario de sus cañoneros para interpretar la partitura. En España, tengo la certeza de que la Armada hace su tarea, me consta. Lo demás se me esconde tras la niebla.

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