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Tribuna

Javier Pery Paredes

Almirante retirado

Ida y vuelta de la herencia española en América

La épica de la presencia española se sustituyó por una conquista del oeste, inmortalizada en la literatura y en la cinematografía

Ida y vuelta de la herencia española en América Ida y vuelta de la herencia española en América

Ida y vuelta de la herencia española en América

La ingente cantidad de ideas que pensadores de todos los tiempos volcaron en sus obras hace muy difícil ser original. Así que, a la hora de escribir, hay que aceptar la limitación que supone, tratar de encontrar vínculos entre los muchos pensamientos de los demás y de llegar a una nueva conclusión que sorprenda al lector. De lo contrario, se entiende así la existencia de tanto plagio.

En una conversación entre amigos hace muchos años, uno de ellos planteó que, si el problema era querer ser original, la solución estaba precisamente en dejar de leer. De esa forma él se alejaba de cualquier "contaminación intelectual" a la espera de que "la ciencia infusa" de cada uno gestara una nueva idea. La cosa tenía una lógica tan simplista como disparatada. La originalidad se salvaba así con una infusión de ciencia que nunca podía producirse por la falta de lectura.

En este camino de disparatada originalidad parece haberse metido el mundo occidental al tratar de revisar el pasado a la baja, sin leer nada. Y eso si que es original. Los más modernos aficionados a la cocina dirían que es la "desestructuración" del pasado. El mismo proceso que hacen con la tortilla de patatas, separar los ingredientes hasta hacerla irreconocible. Hay ejemplos de ello por todas partes, pero me quedo con lo que afecta a la española, ya sea la historia o la tortilla. En particular, lo hago con la presencia hispana en América, esa que analizó en detalle Salvador de Madariaga en su ensayo "El auge y el declive del imperio español en América" con tal profusión, que obliga a parcelar su lectura para apreciar lo mucho que hicieron los españoles de aquí y los que se incorporaron desde allí.

En toda narración épica, hay héroes y villanos. Sin embargo, en esta gesta española, los héroes desaparecen con el paso del tiempo de la memoria histórica y los villanos se alzan victoriosos en la fantástica narrativa popular. Se puede entender que, como al árbol caído, se tratase de destruir la historia del

Imperio español en América con una leyenda negra inventada para desprestigiar la herencia hispana en el continente. Pero ni tan siquiera eso pudo con la realidad: la existencia de una lengua común que unificó un continente, una religión que dotó de valores a una sociedad y un mestizaje que conformó un contexto familiar.

Se entiende mucho menos que la bandera negra de la ficción histórica la enarbolen ahora los pueblos indígenas de Estados Unidos cuando, a diferencia de lo que sucedió en otras partes del continente, allí se les empujó hacia el oeste hasta estrellarlos contra las montañas rocosas, se les recluyó en territorios inhóspitos donde se les negó cualquier aprendizaje que les hiciera parejos a los conquistadores, se les excluyó de la evangelización para sostener la discriminación social que justificase la marginación y, en consecuencia, se estigmatizó el matrimonio interracial para sostener la desigualdad a lo largo del tiempo.

La épica de la presencia española se sustituyó por una legendaria conquista del oeste, inmortalizada primero en la literatura y después en la cinematografía, para terminar en las redes sociales que, nunca mejor dicho, atrapan a las personas en los límites de unas pocas palabras y que consolidan esa tendencia al abandono de la lectura, para ser modernos y originales. En esta tesitura de falta de conocimiento, se comprende la dificultad para construir y la facilidad para destruir que tiene hoy la sociedad occidental, todo lo contrario de lo que hizo la católica España durante tres siglos, allá donde fue.

En el fondo, la impresión es que, en Occidente donde el vacío intelectual adopta la forma de relativismo y la negación, molesta la plenitud de los valores absolutos del cristianismo que llevaron los españoles a América y que perduran hasta hoy. Por demás, resulta paradójico que, con tanto bagaje histórico, tanta consistencia intelectual y tanto fundamento moral, la sociedad española se muestre pasiva ante la destrucción histórica de su legado y, por contra, se incorpore a esa tendencia a aceptar todo lo que viene de fuera, sin analizar su bondad.

Así que lo original sería releer la herencia española en América para, en un viaje de ida y vuelta, asumir los mismos valores cristianos que llenaron de grandeza a los de aquí y a los de allí.

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