Tribuna

Manuel Peñalver

Catedrático de Lengua Española de la Universidad de Almería

Sánchez se hace un selfi

El presidente del Gobierno en funciones, camino ya de los cuatro meses en esta situación, quizá piense, antes que tarde, en hacerse un autorretrato en el privilegiado entorno de Doñana con la cámara de su móvil

Sánchez se hace un selfi Sánchez se hace un selfi

Sánchez se hace un selfi

Ouna selfi, puesto que la Asociación de Academias de la Lengua Española considera que esta adaptación del anglicismo admite tanto el determinante masculino como el femenino. El presidente del Gobierno en funciones, camino ya de los cuatro meses en esta situación, quizá piense, antes que después, en hacerse un autorretrato en el privilegiado entorno de Doñana con la cámara de su móvil, para archivarlo en los favoritos y compartirlo con Ábalos y Carmen Calvo, la reina de Cabra, y, tal vez, con la ministra de Hacienda en funciones, María Jesús Montero. Pero, para que el (o la) selfi sea un éxito en la historia de la fotografía, el señor Sánchez y Pérez-Castejón, emulando a Robert Cornelius, tendrá que definir cuál es su perfil en este momento: el del pacto Frankestein (¡Pérez Rubalcaba, dixit!) o el que criticaba este acuerdo; el que quiere pactar con Podemos o el que quiere pactar con Ciudadanos; el que intriga o el que dialoga; el que quiere ser John Wayne o el que quiere ser Dean Martin; el que quiere ser Gary Cooper o el que quiere ser James Stewart; el que hizo la tesis doctoral o el que no la hizo; el que escribió el Manual de resistencia o el que no lo escribió; el que se deja aconsejar por Iván Redondo o el que se deja aconsejar por Irene Lozano; el que abandonó Ferraz o el que vapuleó a Susana Díaz. El Resucitado o el Desahuciado; el Temerario, el Grande o el Ególatra; el que cree en la ficción o el que cree en la realidad. Solventar estas dualidades, entre la filosofía y la política, entre el Quijote y el Buscón, es una condición sine qua non para que el autorretrato reúna méritos artísticos.

De manera que pase a la posteridad con el LGV50 o el Samsung Galaxy Fold, antes de pulsar compartir y de enviar a Watsapp el jeroglífico de un hombre que, cuando creemos que va a caer, da un salto de alero para llegar con las manos a las mallas. Como si fuera, por tiempo indefinido, el Michael Jordan de la política o el as de espadas de un pacto que no llega.

Pero, con la finalidad de que el (o la) selfi sea una obra maestra como el lienzo de Pedro Pablo Rubens, el Resucitado tendrá que decidirse a ir de Doñana a Sanlúcar de Barrameda. Así, tras darse un buen baño, donde el Guadalquivir y el Atlántico se dan un beso sublime ante la mirada de una geografía, que fascina, entre el sol y la luna, llegará a la avenida Bajo de Guía. Allí podrá degustar los manjares, los cuales el paladar convierte en gloria bendita.

A saber: los langostinos, la gamba blanca, las cigalas, las nécoras, las almejas a la marinera, las coquinas, los mejillones, las huevas, los huevos de choco, las acedías, las pijotas, las tortillitas de camarones, el salpicón de mariscos, los lenguados, los salmonetes, los tapaculos, las ortiguillas fritas, el cazón a la marinera, el atún encebollado, los chocos guisados, el solomillo de atún al aceite de ajos, el lomo de caballa con salmón a la vinagreta, la corvina, el marrajo, el lomo de bacalao a la naranja amarga, el filete de pargo con alcachofas rehogadas, la cazuela de huevos a la marinera… Y un inenarrable infinito, en el que el vino de la tierra se degusta con un aroma que trasciende el microclima, hasta transfigurarse, con el jamón de Aracena y Jabugo, en el secreto mejor guardado.

Con esta gastronomía, entre el paisaje y el prodigio, don Pedro será maestro del autorretrato, a pesar de no ser Rubens, ni Velázquez, ni Rembrandt. Lo mismo que no siendo Churchill, ni John F. Kennedy, ni Felipe González, alguna vez, lo creyó en el flashback de su subconsciente.

Septiembre se aproxima. Una baraja, con todas las cartas, está encima de la mesa. La combinación, a modo de nuevas elecciones, forma parte del juego. Con la economía en el ojo del huracán, el Resucitado brinda, descorbatado, en el palacio de las Marismillas, con una copa de manzanilla, de un brillante amarillo pajizo y un regusto almendrado, ligeramente amargo.

Un suculento plato de langostinos tigre, de la lonja del puerto sanluqueño de Bonanza, espera para ir haciendo boca.

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