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Tribuna

Manuel Peñalver

Catedrático de Lengua Española de la Universidad de Almería

La burla de Màxim Huerta es una chacota

En fin, señor Huerta, por mucho que se lo proponga, jamás podrá tener la genialidad de Mingote, Peridis, su tocayo Máximo, José María Gallego, Julio Rey o el Roto

La burla de Màxim Huerta es una chacota La burla de Màxim Huerta es una chacota

La burla de Màxim Huerta es una chacota

Entró en el Gobierno por una puerta y, en menos que cantaba el gallo de Martín Ferrand, salió por la otra, a mitad de camino entre el gabinete (Caligari) y televisión española, para presentar un programa a medida de sastre: A partir de hoy. Hacienda no perdona, pero Sánchez, sí: en forma de prebenda, donde la realidad sucede antes que la del espectador. Por ello, el señor Huerta renunció al nombre anterior y resucitó el propio; es decir, Máximo, con tilde de esdrújula, como si fuera una una exclusiva de ¡Hola! Huerta no corre, sino que vuela por los estudios de la uno, donde enseña que la imagen vale más que mil palabras y que contar los fonemas de Máximo es más rentable que los de Màxim, cuando el jefe dice que ahora España, con la sentencia del procés entre líneas. Arde Barcelona como El Coloso en llamas, sin Stevee MacQueen, ni Paul Newman; Torra se pasa por el arco del triunfo la Constitución y el Gobierno; y Grande-Marlasca cena en Válgame Dios, el restaurante pijo de Chueca, que tanto le gusta a don Máximo. Ya solo falta que Junqueras brinde con cava en la puerta del Sol por el tercer grado y el referéndum; al alba y en Navidad.

Resulta que, entre un capítulo y otro, Máximo, el Esdrújulo, se ha reído, con los hermanos Salazar (antes, los Chunguitos), a su lado, de la pronunciación de los apellidos de los premios Nobel de literatura: Olga Tokarczuk y Peter Handke. Entre el recuerdo y la ficción, la memoria nos pregunta qué es literatura y para qué la literatura. Leyendo una novela de la escritora polaca y un poema del escritor austríaco, la definición brota como un manantial en la sierra de los Filabres: agua cristalina, límpida y blanca; tal una égloga. Escuchando a don Máximo, en aquel programa, las preguntas son otras: ¿quién ha usado el nombre de la literatura en vano?; ¿por qué y para qué en la uno, abandonada a su suerte, como odisea sin retorno, en las redes sociales del favoritismo, gobierne la derecha o la izquierda? El esdrújulo no es Gila, ni Tip, ni Coll, ni Chiquito de la Calzada, y la gracia, la suya, se convierte en burla o en chuscada; en chascarrillo o en broma; en chacota o en chanza. Para hablar de pronunciación, señor Huerta, hay que ser un fonetista como don Tomás Navarro, don Antonio Quilis o don Emilio Alarcos. O un filólogo como don Ramón Menéndez Pidal, don Dámaso Alonso o don Manuel Alvar. Y, para ser escritor, hace falta leer muchas veces El Quijote y El Buscón. Usted no mima la prosa como Velázquez mimaba el lienzo de Las meninas; ni acaricia la poesía como Antonio Ordóñez acariciaba la suavidad de una embestida con el sol de la Malagueta; ni embellece la gramática con la agudeza dandi de Umbral; ni es Fígaro en la portada de un periódico. Usted no ha leído a Camba en los libros antiguos de la cuesta de Moyano, ni en un rincón de casa Ciriaco. Con usted, la literatura nunca se confundirá con la pintura, ni con la música, sino con un fragmento de Ana Rosa, cuando el tictac del reloj suene como una aliteración sin sentido. Con usted, Mahler no es una partitura, ni la Segunda sinfonía; sino una composición sin métrica en el callejón del Gato.

En fin, señor Huerta, por mucho que se lo proponga, jamás podrá tener la genialidad de Mingote, Peridis, su tocayo Máximo, José María Gallego, Julio Rey o el Roto. Nunca sabrá que escribir es buscar un libro inédito de Alejandro Sawa en una librería de viejo que coleccione los siglos. Su literatura es aquella de la que, cuando acabamos la última página, no quedan nada más que el trazo, la publicidad, el simulacro, el oropel y los derechos de autor. Nunca percibirá que literatura es algo tan sencillo como pasear por la plaza de San Ginés, entrar a la buñolería modernista, rememorar Luces de Bohemia, imaginar a Max Estrella y a Don Latino de Hispalis por las calles de Madrid y leer en una cala desierta de la Isleta del Moro a Olga Tokarczuk y Peter Handke. Sus gafas nunca serán las de Valle-Inclán. Ni su reloj, el de Saramago.

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