Tribuna

Javier Pery Paredes

Almirante retirado

A las cosas por su nombre

Nada en contra se puede decir de propiciar un desarrollo sostenible de la actividad humana, pero mucho hay que pensar sobre cómo se lleva a cabo y quienes lo dirigen

A las cosas por su nombre A las cosas por su nombre

A las cosas por su nombre

Hay que llamar a las cosas por su nombre y asumir que el pasado existió. De lo contrario la realidad se torna en ficción y la verdad en mentira. Que hoy se produce un cambio cultural es un hecho. Y que la Agenda 2030 es parte de esa evolución social y tuvo un precedente hace un siglo, también. Nada en contra se puede decir de propiciar un desarrollo sostenible de la actividad humana, pero mucho hay que pensar sobre cómo se lleva a cabo y quienes lo dirigen. Cuando se lee el contenido del documento de Naciones Unidas, se estudian los Objetivos de Desarrollo Sostenible, se analizan las hipótesis de partida, se entrecruzan con tendencias políticas y se examinan prioridades, el asunto deja de ser algo indiscutible.

La definición de los objetivos difiere muy poco de la enunciación de postulados utópicos con los que cualquiera estaría de acuerdo: erradicar el hambre y la pobreza, tener acceso a la enseñanza y al sistema sanitario, a un juicio justo,… nada que la Constitución Española de 1978 deje fuera,…

Sin duda, todos los problemas que pretende solucionar están presentes en el mundo. Son males generales. Pero las características y la entidad de esas dolencias sociales son dispares en cada país del mundo. Así que el sentido común lleva a pensar que cada enfermo merece un diagnóstico particular y un remedio concreto. Sin embargo los "físicos" de la Agenda 2030 proponen una medicina universal: transformar la sociedad. La pregunta es: ¿A cual de ellas se refieren?

Ese tratamiento indistinto para todas las sociedades, sin atender a la situación concreta de cada una y sin tomar mucho en cuenta su pasado, desposee a las naciones de lo que son y lo que fueron. Les impone una estructura social común sin más. Una extrapolación de las panaceas que propugnan teorías postmodernas: suprimir la libertad individual en aras del estado del bienestar. La pregunta aquí es: ¿Hubo algún precedente que sirva de prueba y error?

El asunto suena a experimento social con tintes de ensayo global para establecer un gobierno mundial. Una teoría que recuerda otra similar: la marxista; impuesta hace un siglo por un comunismo que buscaba crear un socialismo internacional uniforme de naciones sin pasado y sociedades sin individuos.

La Agenda 2030 obliga a establecer prioridades en programas políticos nacionales conforme a designios de una organización multinacional y los expande por foros sociales, económicos y políticos como exigencia para evitar un hipotético colapso universal. De nuevo una forma sutil de restar soberanía a los estados con la oferta de alcanzar el bienestar global de los pueblos. Otra vez, algo parecido a mermar libertad individual para conseguir un bien social.

Y si se echa una mirada a quienes en España se hacen cargo de la transformación social que propugna la Agenda 2030, las dudas sobre la bondad del resultado se multiplican. Verán que son los mismos que asumieron teorías marxistas hace un siglo aunque ahora se presenten bajo otras banderas y logotipos.

En estos términos, esperar al resultado del experimento conlleva un riesgo considerable. El anterior propició la muerte de millones de personas y terminó en el colapso del sistema propuesto. Así que convendría hacer un ejercicio de imaginación, una simulación al más puro estilo de un juego de guerra, para desechar las opciones más peligrosas.

Por buscar similitudes, recuerdo la novela "Red Storm Rising" (Tormenta Roja) que escribió en 1986 Tom Clancy con Larry Bond, un diseñador de juegos de guerra, precisamente. Narraba la invasión de Europa por el Pacto de Varsovia y el desarrollo de la contienda. Todo ficticio. Pero el relato era tan real que parecía un verdadero plan de operaciones. Las tácticas, los detalles técnicos de las armas y la descripción del sistema de toma de decisiones resultaban más que creíbles. Lo dicho, una ficción muy real.

Es posible que la publicación de la novela tres años antes de la Caída del Muro de Berlín fuese un divertimento literario, pero seguro que hizo pensar a más de un dirigente detrás del Telón de Acero. Aquel relato llevaba un mensaje explícito a los soviéticos por si se les ocurría calentar la Guerra Fría.

Hay ocasiones que, ante tanta obviedad obviada, hay que hacer un ejercicio de imaginación para alertar de lo que se viene encima y evitar repetir la historia. Tal vez, todo lo que leyó en estas líneas sean solamente eso, pero… ¿y si es una realidad?

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