Tribuna

Manuel Peñalver

Catedrático de Lengua Española de la Universidad de Almería

El enigma de Las Meninas

Las meninas: el arte de los instantes suspendidos en la eternidad que el tiempo proustiano hace suya con la alegoría que hay más allá de la superlativa

El enigma de Las Meninas El enigma de Las Meninas

El enigma de Las Meninas

Se puede definir el misterio cuando la eternidad no está en el tiempo, sino en un lienzo, cuyo numen inspira el mensaje que la antología de las palabras no puede expresar, por ser estas finitas para descubrir su filosofía? ¿Por qué ni siquiera el poema de Aleixandre pudo interpretar en su inefable secreto el enigma de Las meninas? La semiótica de esta obra cumbre en la historia de la pintura es imposible de versificar ni aun con hexámetros homéricos, ya que no hay poética que desentrañe tal infinitud. Ni Tiziano, ni Tintoretto, ni Rubens, ni Rembrandt retratan de este modo la observación del contraste que se transfigura en hermenéutica, con esa sugestión aún no revelada. La paleta de Diego Velázquez adivina la diafanidad del contexto, porque pretende llegar más allá de los sueños cervantinos para convertirse en fotografía.

¿Qué perspectiva y qué técnica existen en la mirada, sorprendida, de los protagonistas que el lienzo plasmó, reunidos los arcanos de las artes? Los personajes que el pincel velazqueño inmortaliza son la infanta Margarita, las meninas: Isabel de Velasco y María Agustina Sarmiento de Sotomayor, la enana, María Bárbola Asquín, el enano, Nicolasito Pertusato, la dama de compañía de la infanta, Marcela de Ulloa, el guardadamas y albacea del genio Diego Ruiz de Ancona, y José Nieto, aposentador de la reina; quien aparece al fondo, y no sabemos si sale o entra, además del preclaro artista, los reyes y el can de la raza mastín español. ¿Qué teoría puede descifrar la semántica cognitiva del propio Velázquez, delante de tan gran lienzo, y del espejo que hay detrás, en el cual se reflejan Felipe IV y Mariana de Austria? ¿A quién mira el pintor, con la emoción cautiva de sus ojos? ¿Al espectador, con el fin de convertirlo en un personaje relevante que la simbología eterniza?

¿No es este sempiterno cuadro una apología de la pintura como arte, pero también como actividad intelectual, en consonancia con el concepto que defiende Leonardo da Vinci en un tratado, que, al cabo de las generaciones, continúa su camino imperecedero? ¿No supone este lienzo, inagotable en su interpretación, una reivindicación de Velázquez que hace el propio artista, como retratista de cámara de Felipe IV, el rey Planeta? ¿No abunda en este hecho el que el genial creador lleve un pincel en la mano derecha, la paleta de colores, el tiento y cuatro pinceles, en la izquierda, y la llave de ayuda de cámara, en la cintura? ¿No es esa misma llave una metáfora pictórica, según la cual el pintor abre la puerta con el propósito de que el espectador, como ocurrirá en el arte contemporáneo, interactúe, de acuerdo con lo que el crítico francés Nicolás Bourriaud denominó estética relacional? ¿No es, entonces, el cuadro velazqueño una obra revolucionaria, aparte de suprema, por esa pretensión de buscar al destinatario con la variedad de los efectos y matices alcanzados?

Las meninas: el arte de los instantes suspendidos en la perpetuidad que el tiempo proustiano hace suya con la alegoría que hay más allá de la superlativa: la recreación de los personajes a través del albor y la distancia, haciendo brillar la penumbra como si fuese luz de otoño que se fotografía. La paleta que el Maestro sevillano tiene en su mano izquierda reúne los siguientes colores: naranja, blanco, rojo, ocre, carmín, marrón, sombra, negro y azul. ¿No poseen un significado, cuya geometría bosqueja el intelecto de las miradas: pinceladas visibles, figuras delimitadas y contornos difuminados? ¿No es la albura, que entra por la ventana y por la puerta, un prodigio ilusionista, que dialoga con la realidad y la idealización, a un mismo tiempo? ¿No es, de esta forma, una obra antológica, donde antecedentes y consecuentes conjeturan la introspección? ¿Y los cuadros, dentro del lienzo, que identifican a Rubens y Jordaens, no son metáforas imprevistas que el pincel velazqueño agrega intuyendo lo que no somos capaces de ver? ¿No sugieren los doce espacios, que hay pintados en la pared del fondo, los signos del zodíaco y el conjunto del cuadro, la constelación Corona Borealis, en cuyo centro está la infanta Margarita? Este óleo sobre lienzo, 320,5 x 281,5 cms., revela la perspectiva aérea, la profundidad, el color, la ilusión óptica de que la luz y el aire son reales en la sublimidad que perdura en la retina. ¿Es en el sentido del término un trhiller, por la incertidumbre que crea? En la sala doce del Museo del Prado, Las meninas sienten la cercanía de quienes indagan su misterio. Y de aquellos que sueñan con hacer girar la cerradura de la puerta del cuadro, para entrar a formar parte de él. Sabiendo que lo imposible es inalcanzable, tanto en el Quijote como en la maravilla del pintor de los pintores, como llamó Manet a Velázquez.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios