Tribuna

Javier Pery Paredes

Almirante retirado

La teoría del arpa

Mandar y obedecer son caras de una misma moneda, pero pueden dejar de serlo si desaparece el vínculo que cohesiona al que manda con el que obedece

La teoría del arpa La teoría del arpa

La teoría del arpa

En las situaciones complicadas hay que tomarse unos minutos para pensar y en las tensas contar hasta diez antes de decidir. Eso me decían los oficiales más antiguos en mis tiempos jóvenes cuando trataba de solucionar un problema a bote pronto y con más voluntad que sabiduría. Así que, como en esto de escribir hay tiempo suficiente para lo uno y lo otro, voy a aplicarme el cuento y, con el permiso de ustedes, abro un paréntesis para contarles, en los cinco minutos que dura la lectura de esta tribuna, algo que les haga cambiar de tercio, dar un quiebro a su atención para retomar después la realidad.

Por más seria que sea la situación, que lo es, hay que guardar un poco de sentido del humor para echar fuera una "mijita" del malestar que se siente con todo esto que pasa. Algo así como fumarse un cigarro mentolado cuando se está "asfixiao" de tanto fumar tabaco negro. Los fumadores me entienden bien. Los que nunca fumaron se imaginarán lo propio. Es como tomarse un caramelo Pictolín el día que se está acatarrado. Un alivio temporal.

La gestión de personal proporciona enseñanzas que, traducidas al lenguaje jocoso, nunca se olvidan. Una de esas lecciones me la dio, escrita en un folio viejo, un inteligente y socarrón compañero de despacho en los tiempos del Servicio Militar Obligatorio. Lo compartíamos en el Castillo de Puntales, un baluarte en la Bahía de Cádiz que guardó la entrada al Arsenal de la Carraca durante un par de siglos y que la Armada conserva como base de patrulleros y lanchas de asalto anfibio. La sentencia decía: "para ser buen comandante hay que afeitarse todos los días"; y para evitar una generalización impropia, añadía: "la recíproca no es cierta". Con ello dejaba claras las condiciones sin las cuales resulta inviable mandar, pero que hace falta algo más. Siempre hace falta algo más.

En otra ocasión, un catedrático de universidad me dijo, con absoluta sinceridad, profundo sentido del humor y toda la solemnidad de académico, que "el que sabe de algo, lo ejerce; el que lo entiende, lo explica; y el que lo ignora, suele escribir un libro". Reconozco que la palmaria afirmación del profesor me chocó por su condición, pero nada extraño era porque el docto personaje fue jefe de obra antes de ser catedrático de ingeniería. Como dice el refrán: antes de fraile, cocinero; sabía muy bien lo que hay entre fogones en la universidad. Ponía el ejemplo del concertista de arpa que, traducido al lenguaje de mi compañero de despacho, Paco Montojo, sería algo así como: "para ser buen concertista de arpa hay que saber de música, la recíproca no es cierta". Siempre hace falta algo más.

Para completar este tiempo de recreación, recuerdo la ilustrativa conversación con un parco infante de marina estadounidense, bragado teniente coronel combatiente en Vietnam para más señas, tras oír juntos una farragosa exposición sobre las maniobras anfibias que debíamos realizar en una playa de Almería. Ante la prolija secuencia de instrucciones y directivas me dijo: "Mucho palabras, pocas órdenes". Sorprendido, me atreví a decir que nos habían dado muchas, a lo que respondió: "las órdenes de verdad hay que poder gritarlas, todo lo demás son declamaciones teatrales". Era su forma de decir, desde su experiencia en operaciones reales, que la verdad está en la sencillez y lo demás es fantasía.

Y ¿a qué venía todo esto? ¡Ah, si! Para despejarse un poco y ver la realidad con tranquilidad. Pero hay algo más. En esta complicada situación, la incontinencia verbal convertida en profusa y confusa normativa, parece conveniente aplicar lo aprendido para vislumbrar riesgos y discernir el camino a seguir, porque con tantas y enrevesadas órdenes, directivas o protocolos, como quieran llamarles, se hace difícil absorberlas, retenerlas y obedecerlas con el más elemental sentido común.

Mandar y obedecer son caras de una misma moneda, pero pueden dejar de serlo si desaparece el vínculo que cohesiona al que manda con el que obedece: la lealtad. Si a unos se les exige como deber, los otros deben tenerlo en su haber. Vamos, que se aplica la máxima de mi amigo: "para saber mandar hay que saber obedecer, la recíproca no es cierta". Hace falta algo más, como siempre.

Así que, después de pensar unos minutos de silencio y contar hasta diez, veo que falta algo más: lealtad y sencillez en quien manda, porque quienes obedecen ya cumplen su parte.

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