OPINIÓN: AUTOPISTA 61 por EDUARDO JORDÁ

Nos veremos en el Innisfree

Puso fin a su vida”, dice una entrada en un blog sobre un poeta que conocí. Compartíamos aficiones: Irlanda, la poesía de Miguel Torga, Robert Burns. Que yo sepa, la vida no le iba mal. Tenía dos años más que yo, bastantes ya, sin duda, pero tampoco demasiados. Por lo que sé, su salud era aceptable. Se ganaba la vida con un trabajo que le gustaba (él mismo me había dicho que le pagaban bien por no hacer gran cosa; ¿qué más podía pedir?). Parecía una persona tranquila, si es que alguien lo puede ser de verdad. “Nos veremos en Innisfree”, decía al despedirse, y era una especie de contraseña porque Innisfree no existe, es sólo un poema de Yeats, o bueno, sí, existe, es un islote real, y está en un lago, pero quizá sea mejor no conocerlo. “Nos veremos en Innisfree”. Qué extraña resulta ahora esa despedida.

Él mismo me había contado que hace unos quince años se había salvado de milagro de morir en un accidente de aviación, en el Caribe, cuando cubría –también fue periodista– no sé qué feria del libro en Puerto Rico. Un día, en el hotel, unos tipos lo invitaron a hacer un crucero a unos arrecifes. Al día siguiente, los que le habían invitado se cansaron de los arrecifes y le propusieron regresar en una avioneta alquilada. Él no se fió de la avioneta y prefirió coger el barco. Cuando regresó al hotel, le contaron que la avioneta se había estrellado y todos sus ocupantes habían muerto. Imagino que no se subió a aquella avioneta porque quince años después tenía que embarcarse en otro viaje, esta vez sin compañeros ni invitados.

He estado mirando las fotos de su página web. Ahí está con Derek Walcott, con Tobias Wolff, con Octavio Paz, con John Berger. Supongo que alguna vez soñó con ser como alguno de estos escritores, rico y famoso y respetado, pero su fama no pasó de ser una modesta fama de poeta “raro”. A primera vista, lo llevaba con estoicismo. Seguía fumando su pipa, seguía escribiendo sus poemas. Supongo que tenía el suficiente sentido común para saber que nunca llegaría a ser como uno de esos escritores famosos con los que se había fotografiado. Tenía que conformarse con premios menores y con reseñas escritas por amigos. Sólo era un poeta cabezota que resistía sabiendo que no iba a llegar a ningún sitio. Y para su desgracia, seguía creyendo en las pamplinas de la jerarquía literaria y de la “posición”, como si un poeta fuera un directivo de una compañía cervecera. “Puso fin a su vida”. Espero que al menos haya llegado a Innisfree.

Etiquetas

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios