HISTORIAS COFRADES

¡Todos por igual, a esta es!

  • El sol brilla en una mañana de Jueves Santo que será especial, no en vano es el día del Amor Fraterno en una jornada que promete

El Santísimo Cristo de la Buena Muerte por Obispo Orberá El Santísimo Cristo de la Buena Muerte por Obispo Orberá

El Santísimo Cristo de la Buena Muerte por Obispo Orberá / Rafael González

El sol brilla esta mañana. Es lo primero que he hecho nada más levantarme, asomarme a la ventana para ver cómo estaba el tiempo. Acto seguido, en el móvil he mirado las previsiones para hoy. Soleado y sin viento… el día promete. Un buen desayuno para coger fuerzas, me visto y tiro para la iglesia. Saludos cordiales a todos los que están allí, ultimando preparativos para esta tarde, alguna charla de cómo está yendo la Semana Santa hasta ahora… y me pongo delante de Él.

Le miro a los ojos, esos que parecen tristes por todo lo que le está pasando, pero que a la vez parecen decididos a seguir adelante con todo lo previsto. “Hágase en mí según tu palabra”, dijo. Durante el año le he tenido en la capilla, para visitarlo cuando he querido, pero hoy es especial. Está ahí arriba, en su paso, dispuesto a hacer rezar a todos los almerienses que esta tarde salgan a sus calles… pero antes de eso, me hace rezar a mí. Porque tengo mucho que pedirle, que darle las gracias, que comentarle. O simplemente estar ahí, con Él, tal y como Él hace conmigo siempre.

Mi ruta sigue a solo pocos pasos. Allí esta Ella. Dolorosa por todo lo que está pasando su hijo, no se separará de Él en ningún momento, hasta en el más difícil de su vida. Si ha estado en los alegres y felices, cómo no va a estar ahora. A Ella le pido amparo, protección, que sea mi estrella… todo eso se resume en una sola palabra: madre.

Vuelvo a casa, todavía quedan muchas por hacer y como me descuide, el tiempo se me echa encima. Mi madre me ha preparado pasta para que coja los hidratos necesarios para el esfuerzo que voy a realizar esta tarde. También es ya una tradición, sentarnos todos juntos en la mesa y repasar los últimos detalles para que todo esté preparado, ver los resúmenes por la televisión del día anterior de las cofradías que salieron y un pequeño avance de lo que nos encontraremos hoy donde también sale mi Hermandad. La cosa avanza según lo previsto.

Me ducho y empiezo a vestirme. Pantalón con el escudo de mi Hermandad, cómodo para que pueda agacharme y realizar todo lo que tenga que hacer en esta tarde; camiseta con la apertura necesaria para que no me moleste con el costal al cargar; tenis que se adaptan a mis pies y que han ensayado lo mismo que yo en esta Cuaresma; pequeña mochila con las fajas, la morcilla y el costal; y la medalla que no falte, esa que irá en mi cintura y que como hermano, debo de llevar. Vale, algo más llevo: ese rosario que ha pasado de generación en generación en mi familia, muy antiguo, que hoy me servirá para, en los momentos más difíciles, recordar que todos los míos van conmigo y que su fuerza será mi fuerza.

Llego a donde estamos todos congregados. Miradas de afecto, abrazos reconfortantes, charlas a modo de recordatorio y triviales para despejar un poco los nervios y algunas risas. Todo, sin perder el clima de concentración por lo que vamos a hacer ahora.

Nos hacemos la ropa. Cuidando hasta el más mínimo detalle para que vayamos cómodos y carguemos bien, nos preparamos porque en menos de una hora vamos a ser los pies de Él o de Ella. “¿Estamos? Pues vámonos para la iglesia”, gritan para que escuchemos todos el capataz y sus auxiliares.

Llegó la hora. Las puertas del cielo se abren. Costaleros debajo del paso para hacer la salida y otros alrededor ya que tendrán su turno un poquito después. Rezamos para que el Señor y la Virgen nos acompañen. Ya no somos costaleros, somos una sola persona que caminará en la misma dirección. Todos por igual.

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