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Toda una vida detrás de la barra

  • Durante 60 años ha regentado un bar, ‘Casa Julio’, en uno de los costados de la iglesia de la Encarnación de Vélez-Rubio, y hoy, a sus casi 90, sigue ‘pasando revista’ en el mismo lugar en el que abrió en 1957

Toda una vida detrás de la barra Toda una vida detrás de la barra

Toda una vida detrás de la barra / Lázaro Martínez (Vélez-Rubio)

En todos los municipios hay lugares y establecimientos de obligada visita que forman parte de su identidad, pero sin duda, lo que define a nuestros pueblos es el paisanaje, sus gentes, sus vivencias, sus historias. Uno de esos vecinos “ilustres” que puedes ver por Vélez-Rubio es a Julián Martínez Valiente, o como lo conoce todo el mundo, Julio, “porque cuando era joven la gente no quería llamarme Julián”, cuenta risueño desde el rincón que siempre tiene reservado.

Durante 60 años, ha regentado un bar con ese nombre en uno de los costados de la iglesia de la Encarnación. Hoy, a sus 89 años, sigue pasando revista al bar Casa Julio que abriera junto a su mujer en 1957.

No es difícil encontrarse a Julio por la calles del pueblo caminado lentamente, desde la residencia comarcal, hacia su bar. Para entrar, hay que salvar dos escalones, que Julio, ayudado de su bastón sube sin mucha dificultad. Viste sombrero oscuro, su primera parada es la vitrina de las tapas y el marisco, y apoyado en la barra da un primer vistazo al local y saluda, no hay muchos clientes todavía. “Llego a mediodía, y estoy aquí hasta la hora de comer que me vuelvo a la residencia” comenta.

Lentamente, se va a la silla que su hijo, Juan Carlos, actual propietario, le tiene dispuesta junto a una ventana al fondo desde donde contempla toda la estancia y la terraza. “Mi hijo pone otra silla por si alguien quiere sentarse hablar conmigo”

Sentado en su rincón, en una silla verde, sujeta entre sus arrugadas manos, de casi nonagenario, una cerveza, y recuerda que “me casé, y aquí mismo puse la alcoba” señalando en la pared el lugar que dividía el bar del dormitorio. “Ahí, estaba la cama” dice indicando el final de la barra “y enfrente la cómoda. Aquí estuvimos hasta que nació mi hijo mayor y nos trasladamos a un salón que tenía la dueña donde pusimos el dormitorio, hasta que me quedé con la casa”. Es espacio es pequeño, tiene unos pocos metros cuadrados, pero Julio allí fue feliz, y lo recuerda con nostalgia.

Julio tiene una buena memoria, “aquí vivíamos de maravilla, teníamos todo lo que necesitábamos” y señalando a una esquina explica que compró una televisión en blanco y negro “para animar al personal a venir a bar”, “aunque siempre había gente” dice.

La ubicación en el centro del pueblo lo convierte en un enclave privilegiado. La vida de Vélez-Rubio pasa por la plaza de la Encarnación, y allí, en una esquina, Julio abrió un día de “domingo de Carnaval de 1957” junto a su esposa Encarnación recuerda emocionado, a los pocos meses de casarse, “y ya todas las fiestas seguidas, Carnaval, Semana Santa, verano”.

Con su padre, que tenía una bodega, iba a Jumilla por vino cada dos o tres semanas, y “era raro el día que no bajara a la bodega por una garrafa de vino. Entonces se bebía más vino que ahora, una arroba diaria, ahora no se vende vino” dice sonriendo señalando los estantes de detrás de la barra que soportan algunas botellas de vino.

“¿Ves esos arcos?” pregunta, “los diseñé yo cuando monté el bar, al principio eran cuatro, pero como tuve que poner el dormitorio aquí se quedaron en tres y los albañiles no querían” dice extrañado.

La conversación con Julián es ágil. “¿Qué pasa joven?” le pregunta un paisano que se acerca a saludarlo, y él sentado en su silla hace de relaciones públicas del local. Siempre hay alguien que se le acerca, lo saluda o cuenta algún chascarrillo. Y continúa contado que allí, su mujer hacia tapas de todas, y que el pescadero traía de vez en cuando gambas, “pero la gente no quería, le gustaban más los michirones, y los garbanzos tostados”, o cómo fue en búsqueda del representante de la cerveza para que le pusiera un cajón con un serpentín y unos barriles porque solo había botellines.

A medida que avanza la mañana el bullicio se va apoderando del bar de Julio en busca del aperitivo y es difícil mantener la agradable conversación con Julio por el ruido que se apodera de local y quienes se acercan a hablar con él. Incluso, un verano compaginó el bar con un chiringuito llamado ‘La Selva’ que habría por las tardes noches cuando cerraba el bar por la tarde.

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