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Viajar a Vietnam

  • Por esa cultura que permanece como una literatura antigua en la luz de la desierta madrugada. Por esa memoria para llegar antes que el destino. Por la quietud y la paz

Viajar a Vietnam Viajar a Vietnam

Viajar a Vietnam / D.A.

Vietnam, un enclave en el sudeste de Asia, en la península de Indochina, con noventa millones de habitantes, templo del taichí, con el piélago de la China meridional como testigo, es una sorpresa, una admiración, una fascinación, una impresión, una postal, una página literaria, un lienzo infinito, una policromía; un paisaje zen, budista, tornasolado, llamativo, diferente, irisado, nacarado. Vietnam, de Hanói a la antigua Saigón, hoy Ciudad Ho Chi Minh, es otra cultura, otra forma de ser y de estar en la vida; un poema que la historia caligrafía con otro tipo de letra, con otros caracteres, con otra filosofía, con otra psicología, con otra actitud, con otra sonrisa, con otro gesto; con otro modo de medir el tiempo, de contar las horas, de oír el silencio, de fotografiar el alba, de eternizar los instantes, de reflexionar, de reír, de sentir.

Vietnam es la leyenda del siglo XX, la novela proustiana que a un novelista cervantista le gustaría escribir, página a página, capítulo a capítulo, después de preguntarse dónde está el diálogo y dónde, el monólogo joyceano, dónde, la poesía y dónde, el sentimiento, dónde, la verdad y dónde, la mentira; sabiendo, desde sus orígenes, que la única verdad no es la mentira.

Vietnam es un guiño a la esperanza, un modo de desvelar la definición del existir como una aventura. Con valentía, con coraje, con entereza, con osadía; pero, sin premura, percibiendo que, para decir, antes hay que pensar. Enseñando al viajero, al escritor, al pintor, al filósofo que la paz y la libertad no se compran, sino que se lucha por ellas, con el conocimiento memorizado de cada calle, de cada esquina, de cada rincón, de cada momento en la tierra; donde los ríos y la naturaleza se confunden con la piel del héroe; el cual no se resigna a que le quiten lo que le pertenece; lo que es suyo; allí donde nació y donde el corazón habla.

Sapa, Hanói, la bahía de Halong, Hué, Hoi An, Saigón; el norte y el sur, las motos, las bicicletas, los autobuses, los aviones, la gastronomía, llena de magia, por la noche en una calle de Hanói u Ho Chi Minh: inagotable, eterna, infinita, interminable. «El fuego debe estar dentro del árbol/ para que el árbol pueda dar a luz/. Si el fuego no estuviera ya en el árbol/ ¿arderían las ramas que frotamos?», versificó Khuong Viet, en la lírica de unos versos libres, mucho antes de ser traducidos sin olvidarse de Buda, sin ignorar el zen. «Sella tus labios, no digas palabra».

Vietnam es la sabiduría de ser antes que la de estar, la de meditar antes que la de hablar, la de la claridad antes que la de la oscuridad, la del alba antes que la del crepúsculo. «Vive en el mundo y sigue dichoso tu camino. / Come si tienes hambre, duerme si tienes sueño». Vietnam es la búsqueda del poema antes que de la novela, del misterio antes que del secreto. De las puestas de sol, de los mares, de los arrozales eternos de Sapa, del color verde, tan pictórico, de las islas, grutas y cuevas de la bahía de Halong (patrimonio de la Humanidad), de las playas paradisíacas de Nha Trang, de los ríos, donde se reflejan las sombras con su perpetua iluminación.

A solas en el monte, anotando en un cuaderno la originalidad y el pensamiento, antes de que el viento silbe y la luna deje su huella en los lienzos del recuerdo, para leer lo que sabemos y lo que ignoramos; lo que es falso y lo que es cierto; y lo que el espíritu es incapaz de encontrar porque no existe. Ni siquiera, cuando meditamos en zen. ¿Camboya, Laos, Tailandia? Vietnam y los vietnamitas. Por el ayer del tiempo que fue espejo que advierte por qué seguimos leyendo las horas como un diario abierto. Por la cultura que permanece como una literatura antigua en la luz de la desierta madrugada.

Por la memoria para llegar antes que el destino. Por el sueño fugitivo que nunca se pierde en el camino, al cruzar el olvido. Por la ilusión que elige y redescubre. Por la mitología que espera, tranquila y serena. Como la voz de un lama, el cual ignora, conscientemente, lo que sucede en el mundo. Por el símbolo que estampa la palabra para que la soledad justifique su ausencia. Por la mirada que nos dice que somos anochecer y nada. Por la indescifrable respuesta que nos explica que la existencia huele a té de alcachofa, a té de hierbas, a café, a agua de coco, a zumo de caña de azúcar, a vino de arroz. Por la añoranza, donde nos quedamos solos, sin contestar a ninguna pregunta.

Por el poema épico de Nguyen Du. Por el día en que la literatura dijo no a la guerra. Por los platos de hortalizas, fideos, arroz y pescado. Por la salsa Nuoc Cham, que lleva guindillas rojas, ajos, azúcar, limón, salsa nam pla y agua. Por la fertilidad del delta del Mekong. Por las minorías étnicas que conviven. Por el multiculturalismo y la película No Quemar. Por las montañas de caliza de Tam Coc. Por la Venecia de Vietnam, que es Hoi An, Por la religión triple: budismo, confucionismo y taoísmo. Por el sombrero cónico y el río Perfume en Hué. Por el dong y el regateo. Por el tapiz étnico y cultural, que es Sapa. Por las playas miríficas de Mui Ne. Por un pueblo que ha labrado su nombre en la historia del siglo XX y de la humanidad. Por la serenidad y el zen. Por la quietud y la paz. Hasta alcanzar el Nirvana.

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