Cultur-Alh y cancel-Ar
La Libertad de Expresión no debe limitarse. Cada uno es libre de opinar del modo que le apetezca. En ella caben el insulto y la mentira, aunque sean éticamente reprobables; el primero por urbanidad y la segunda por el recto sentido de la moral que debería concernirnos a todos. Solo la calumnia –atribuir falsamente la comisión de un delito– debe perseguirse penalmente, y siempre que no concurra la exceptio veritatis. Porque decir y defender la verdad no ha de ser punible.
Las ideas no delinquen. Sólo los totalitarios defienden lo contrario. Incluso las propuestas más abominables pueden y deben expresarse públicamente de modo libérrimo. La fórmula idónea para combatir lo que creemos aberrante es contraponer argumentos, enfrentar ideas, y razonar con quien opina distinto. Nunca prohibiendo la expresión ni cancelando a quien discrepa, en ese remedo postmoderno de la damnatio memoriæ romana.
Nadie me convencerá nunca de las bondades de una dictadura. De ninguna. Ni de la de Franco, que aún vive en el autoproclamado progresismo, ni de todas las que en el mundo han sido y desgraciadamente siguen siendo. Pero jamás prohibiría a nadie que defienda, si así le place, el stalinismo, el fascismo o el castrismo, siempre mirado con incomprensible benevolencia por muchos. Los mismos que aplauden a sus cantores que hablan desvergonzadamente de Libertad desde la más cruel, longeva y sanguinaria cárcel del Caribe. Lo que haré será combatirlos con la palabra.
Hace un año asistimos a una conversación magistral de Salman Rushdie con Andrés Neuman en el Palacio de Carlos V durante el Festival CulturAlh. Hubimos de pasar controles de seguridad y arcos de metales. Pero fue un privilegio disfrutar de la clarividencia del autor. Hoy, ese Festival que proclama querer recuperar para la ciudad un territorio de experimentación y mestizaje entre literatura, música y artes, encarnado en voces consagradas y disidentes, cede a la presión de un desconocido colectivo de totalitarios liberticidas y cancela la anunciada presencia de Ariana Harwicz, escritora, argentina y judía, reprobada por quienes no admiten su derecho inalienable a defender a Israel.
Esta genuflexión de quienes, como la Universidad de Granada, deben garantizar el ejercicio de las Libertades de Expresión, Opinión y Cátedra nos trae recuerdos de tiempos oscuros en los que defender una idea contraria a la oficial conllevaba la muerte civil. Esto es lo mismo.