Lo de Messi no es Cristiano
Estaba feliz como una niña que se dispone a hacer la primera comunión. No hay vida más activa que la de las monjas contemplativas. La eterna disyuntiva de Marta y María, las hermanas de Lázaro. Ella, la hermana Esperanza, llegó con 21 años, y en seis décadas no se ha movido del monasterio de San Clemente. El que funda, nada más ganar la ciudad para el culto cristiano, el rey Fernando III, retratado en el trascoro del monasterio por Valdés Leal, sobre los enterramientos de tres nietas del rey que siglos después subiría a los altares.
La hermana Esperanza llegó en 1966, el año del Mundial de Inglaterra que ganan los anfitriones. Dios salvó a la reina. A los que nos gusta el fútbol, incluso los agnósticos de este deporte, nos rendimos ante los seis Mundiales que llevan en su palmarés Leo Messi y Cristiano Ronaldo e incluso recordamos con nostalgia una rivalidad que era mucho más gratificante que el tedio monocorde de Sánchez y Feijóo. ¡Seis Mundiales! Qué decir entonces de una chica de pueblo, de El Castillo de las Guardas, que un buen día, en la mitad de la década de los sesenta, la de los Beatles y los Seiscientos, renuncia sin renunciar a su juventud, a su familia, a las oportunidades de la vida. Y apuesta sus energías juveniles, todavía intactas, a un ministerio insondable que no se puede pesar, medir ni calcular. La octogenaria volvió el domingo, con la misa de acción de gracias concelebrada por cuatro sacerdotes, a la veinteañera. Leyó y cantó los salmos con la lozanía de la cantante que en esa década ganara Eurovisión en el mismo país donde Bobby Charlton le puso a Isabel de Inglaterra una segunda corona.
Seis Mundiales de Messi y Cristiano. Seis décadas de entrega en silencio, que es el idioma de Dios, de la hermana Esperanza, que ha conocido en su destino de San Clemente a seis Papas, tantos como los campeonatos de los reyes del borceguí. Hoy es una religiosa más. La hermana Esperanza sucedió a la hermana Purificación como abadesa y maestra de novicias del convento y después le cedió el testigo a la hermana Yaqueline.
España, después de evangelizarse a sí misma con las directrices de Fernando III, evangelizó América. Ahora es este continente el que viene para contener el desierto demográfico que también entró en los conventos y monasterios. La hermana Esperanza se viene del pueblo a la capital cuando se recogen los primeros frutos del Concilio Vaticano II, todavía se siembra y se cosechan vocaciones. Cuando llegó a San Clemente, todas las religiosas eran españolas. Ahora son minoría. La savia nueva llegó de América: Colombia, el Salvador y dos venezolanas. El Castillo de Esperanza tiene almenas por las que se asoman las monjas americanas que comparten votos, rezos y servicios; y las africanas del convento de San Leandro que estuvieron en el aniversario. Las monjas del cenobio donde se hacen las yemas que eran néctar de ángeles en el paladar de Luis Cernuda.
El mundo ha cambiado. La hermana Esperanza mantiene la misma sonrisa que trajo cuando un día muy corto se preparaba para su día más largo. La acompañó su familia y repartió estampas conmemorativas. Como en la primera comunión.