Tauroflamencología, intimidad estética de dos artes universales

  • Vestuario, gestos, raíces, vocabulario, afición y protagonistas suelen coincidir

SÍ, tauroflamencología como el conjunto de similitudes estéticas y de talante humano, entre el arte del toreo y el arte flamenco (Diccionario enciclopédico ilustrado del flamenco, de José Blas Vega y Manuel Ríos Ruiz, Madrid, 1988). Claro, ¿quién osaría negar las semejanzas entre el traje de luces, o el corto campero, y la usada para ensalzar el arte flamenco en el baile? Desplantes, movimientos de brazos, quiebros de cintura y actitudes varias, ¿son de gran parecido cuando se interpretan estas artes? Evidentemente. Porque tienen raíces y cultura comunes con análogo sentimiento, concepto y ejecución. ¿Y el vocabulario y el lenguaje? Pues también. Además, afición y protagonistas, muchas veces, coinciden. Todo esto está perfectamente documentado y argumentado en profundidad en los libros Andalucía, en los toros, el cante y la danza (Anselmo González Climent, Madrid, 1953) y la colaboración Toros y arte flamenco en El Cossío (Fernando Quiñones y José Blas Vega, Enciclopedia Los Toros, tomo VII). Ambientes comunes, con el olé como acompañamiento y asentimiento y con argot de igual identidad en el temple, el tercio, el remate, el desplante… Toreros o cantes cortos y largos, la identidad de la soleá y la seguiriya como un pase natural, las alegrías serian quitar por chicuelinas y una manoletina como una saeta. Y si la bulería es plenitud de libertad expresiva, que le den un capote a quien torea que por variedad y adornos no va a quedar sin quehacer. Y en la poesía, fundamentalmente y en el siglo XVIII en Andalucía, son muchas las referencias literarias de la identidad entre toreo y flamenco. Y en la música popular y culta. Y en pinturas y grabados de época desde mediados del XIX. Mazzantini, Gitanillo de Triana o Curro Romero, por nombrar a los más conocidos, han sido empresarios de tablaos flamencos. Y nos viene al caso las frecuentes y famosas uniones amorosas entre toreros y artista del cante flamenco (Tragabuches y La Nena, Fernando El Gallo y Gabriela Ortega, Rafael El Gallo y Pastora Imperio…). Con independencia de que es fácil que los toreros tengan afición al flamenco, matadores, banderilleros y mozos de espadas han sido grandes cantaores. Rodolfo Gaona tocaba la guitarra en reuniones flamencas y, dicen, que Juan Belmonte, asiduo y promotor de comentadas fiestas, cantaba con voz corta y buen sentimiento. Manolo Caracol era hijo del mozo de espadas, que también cantaba, de su primo Joselito El Gallo. Cagancho, de estirpe gitana de cantaores, bailaba extraordinariamente por bulerías. También buen bailaor era El Niño de la Palma, mientras que el pucelano Fernando Domínguez lo hacía con mucha expresividad. Manolete se decantaba por interpretar estilos cordobeses. Pepe Luis Vázquez, Antonio Bienvenida, Antoñete, Curro Romero, Andrés Vázquez, El Cordobés, Ángel y Rafael Peralta… También algunos artistas flamencos han toreado, o lo han intentado como el llorado Camarón de la Isla. Y el baile flamenco ha impregnado estilo en el toreo. Y los ha habido que bailaban como si fuera toreo de salón con técnica torera. Bailes de temática, coreografía, vestuario taurinos como consecuencia o testimonio de singular identidad de dos mundos tan identificados. Son dos artes inseparables, relación intima desarrollada en el ámbito popular.

Nos felicitamos todos por que el flamenco es Bien Inmaterial de la Humanidad. ¿Debemos entender que por ser los dos artes de más intima relación puede ser argumento para solicitar que la Fiesta de los toros goce de tan ilustre mención? Otras manifestaciones lo han logrado con menor reconocimiento internacional.

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