Los cuevanos llevan la historia de su Patrón por bandera

  • San Diego, un Santo muy humilde que dejó huella por todo aquel lugar que pasó

Fue un santo muy popular. Muchos conventos, iglesias y capillas, e incluso una ciudad de California están dedicadas a su nombre. Entre los frailes es el patrón de los franciscanos legos.

Fue un hombre bastante viajero para su tiempo; vivió en Canarias, Roma, Castilla y Andalucía y recorrió Córdoba, Sevilla y Cádiz. Durante su peregrinación a Roma pasó por numerosos lugares de España, Francia e Italia. Residió en los conventos de San Francisco de la Arruzafa (Córdoba), Lanzarote, Fuerteventura, Sanlúcar de Barrameda, Santa María de Araceli (Roma) y Santa María de Jesús (Alcalá de Henares), donde falleció en 1463. Nació a final del siglo XIV en el seno de una familia modesta, en el pueblo de San Nicolás del Puerto, al norte de la provincia de Sevilla y en plena Sierra Morena. Sus padres, de fe cristiana, le pusieron el nombre de Diego, sinónimo de Santiago, patrón de España

Fray Diego de San Nicolás siempre llevó el nombre del humilde pueblo que le vio nacer en los documentos de su tiempo. Tanto las historias primitivas del Santo como la bula de canonización expedida por Sixto V, no conocen otro lugar de referencia que San Nicolás. Sin embargo se le conoce en el santoral como San Diego de Alcalá, con el nombre del lugar donde pasó sus últimos años y donde reposan sus restos. Este nombre además lo popularizó Lope de Vega al utilizarlo como título de una de sus comedias, cuyo argumento es la vida del Santo. Actualmente diversas fuentes como el Santoral Hispalense de Alonso Morgado, consideran que existe una injusticia en la denominación del santoral al designar a San Diego con el toponímico de su última morada terrenal, en lugar del nombre de la villa que le vio nacer.

Fue el único santo canonizado a lo largo de todo el siglo XVI, por el papa Sixto V, el 10 de julio de 1588, culminando el proceso introducido por Pío IV a instancias del rey Felipe II de España. Entre los seis milagros aprobados por la Sagrada Congregación de Ritos para su canonización, el más famoso es, precisamente, la curación del príncipe Carlos. Otro milagro que se le atribuye es el de haber salvado, en un viaje que hizo a Sevilla durante su estancia en la Arruzafa, a un niño que imprudentemente se había metido y dormido en un horno, el cual fue encendido mientras tanto.

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