El cine y la mili en 1965

Y O trabajé en el cine, yo trabajé en el cine… Joer, ahora resulta que todos los de mi generación fueron peliculeros. El que no figuró de extra en Lorenzo er de Alhabia acompañó a Jhonn Lennon a una orgía de fresas en Las Conchas; por no hablar de quienes presumen de ligar con Brigitte Bardot en el Mesón del Gitano o Manolo Manzanilla mientras Richoly tocaba la guitarra. Y un jamón con chorreras. Otros, en cambio, por mor (qué será mor?) de un exagerado concepto de la modestia, no vamos aireando por ahí que le robamos primeros planos a Anthony Quinn, Maurice Ronet y Alain Delón, entre otros. O que tuvimos de compañera de plató a la sensual Claudia Cardinale (¡que bella italiana!). Para mi pesar, y el del club de incondicionales que me idolatran, un malentendido, o la pura envidia, vaya usted a saber, me borró de los títulos de crédito de Los Centuriones (en su versión original) o Mando perdido, con el que se anunció definitivamente en las pantallas, dirigida por Mark Robson.

Una tarde junio de 1965, un tipo de la productora estadounidense se presentó en la oficina del cuartel de La Misericordia donde realizaba el Servicio Militar, para reclutar a diez soldados como figurantes. Pagaban 125 pesetas diarias (más que un oficial tornero o un maestro fresador), pero la mayoría de voluntarios y reclutas del reemplazo echó el culo fuera receloso de no llegar a cobrarlas y de que el dinero fuese al bolsillo de galones y estrellas. Allá que enristramos un grupillo de pringaos y, ante nuestro gozo y la desazón de los escépticos, el sábado nos pagaron religiosamente dos jornadas. Naturalmente, a partir de ese momento todo quisque quiso apuntarse y hubo necesidad de un estricto control entre la soldadesca lampante. Cuatro fueron nuestros escenarios cinematográficos: bajada de Las Perchas a la Plaza Vieja (casbah de Argel); en La Chanca, malvestidos de chilaba y babuchas; dando panzazos por Cerro Gordo (Campamento de Viator), simulado páramo de Indochina, y, de noche, en Cuevas de los Medinas. Caracterizados de argelinos desharrapados y de comando francés de paracaidistas de élite. Comida buena, trabajo poco y la Cardinale a dos pasos… En resumen, cuando llegó agosto tenía acumuladas cuatro mil y pico pelas… ¡Qué Feria señores, qué Feria! Se me olvidaron las guardias, las imaginarias, los arrestos y el pacifismo.

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios