Como una madre no hay ná

ESTIMADO lector: Me alegraré que al recibo de esta se encuentre bien. Yo quedo bien por la presente a Dios gracias. Con pequeñas pejigueras propias de la edad, pero controladas. Poca cosa, ya digo

Voy a colaborar una semana en esta sección y creía de obligado cumplimiento presentarme. Antonio Lao, director de Diario de Almería donde colaboro en otros menesteres históricos, de nuevo me ha embarcado en un cuadernillo de Feria. Sólo son cuatrocientas y pico palabras, un folio bien despachado contando experiencias vividas. Bien, y de qué escribo que no se haya contado ya. De las payas y calés que vocean nardos cuando la Patrona sale en procesión, por decir algo? Lo mejor es que me acompaña mi amigo Antonio Moreno (¡un monstruo del humor dibujado, oiga!) y alguien se detendrá en la página. Así justificaré el magro jornal. Que los divés del cielo se lo paguen.

Cuando me han preguntado (hay encuestas pa tó) que cual es mi primer recuerdo de Feria, contesto que mi madre. No es que mi progenitora, que en gloria esté -¡más de dos años falta!-, fuera feriante ni se ganase el sueldo como concejal de Festejos. No. Ella era quien me llevaba de la mano. La que me indicó el olor de las buganvillas que trepaban por las pérgolas del Parque hoy, como debe ser, de Nicolás Salmerón; de jazmines y galanes de noches que lo perfumaban. Y de fritangas y boñigas, que no todo iba a ser de color y aroma rosa.

Mi madre era una sabia sin títulos académicos. Y una santa. Sí, ya sé que para cada hijo la suya es la más bondadosa, la más alta, la más guapa y la que más claros ojos azules luce. La que mejor cocina las acelgas esparragás y la más primorosa con el punto de ganchillo. La mía se fue de un mundo que le quitó más que le dio. Ahora entiendo los consejos que un día sí y otro también dejaba caer en forma de perlas cultivadas.

Había uno que le gustaba repetir: "No te fíes de los piojos resucitados; de los que han pasado hambre y lo niegan. Guárdate de ellos, son los peores". Y este otro: "Disfruta las ocasiones que se te presenten, que no serán muchas, pero sin hacerle daño a nadie".

A alguien esta primera entrega agosteña se le puede antojar tristona. Todo lo contrario. Evocar a la madre que nos parió, es, o debería serlo, un ejercicio alegre. Una catarsis purificadora, aunque, naturalmente, se le eche de menos. No obstante, mañana cambiaremos el rumbo. Lo dicho: gocen la Feria sin jorobar al prójimo. Y acudan a los conciertos de la Banda Municipal y de la OCAL. Me lo agradecerán.

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