HISTORIA DE LA EMIGRACIÓN ANDALUZA

El sueño americano

  • Desde el descubrimiento del Nuevo Mundo, muchos andaluces cruzaron el charco por motivos económicos o políticos. Argentina es el principal destino latioamericano en la actualidad

Quince de noviembre de 1966. El barco italiano Constitucio está a punto de zarpar del puerto de Algeciras. El cordobés Santiago Povedano, sacerdote de los Capuchinos, con una maleta llena de dudas existenciales, mira el horizonte en busca de un nuevo destino: República Dominicana. Tras quince días de viaje pisa Nueva York y después Puerto Rico, Guatemala y Santiago de los Caballeros en la República Dominicana, donde será director de un colegio de su congregación hasta 1972, fecha en la que cuelga los hábitos definitivamente.

Como él, miles de andaluces han cruzado el charco, por diversos motivos, desde el descubrimiento del Nuevo Mundo, como por ejemplo las sevillanas María Barco, de 87 años y Eva Gómez, de 36, dos mujeres de épocas muy distintas pero que encontraron en Santiago de Chile su nuevo hogar.

En la actualidad hay en el mundo cerca de dos millones de andaluces fuera de la región, y de ellos, al menos, 143.000 en el extranjero, según el Censo de Residentes Ausentes. Desde el hombre de Orce, en España ha habido múltiples movimientos migratorios, como el de muchos cordobeses hacia Alejandría en el siglo IX, como consecuencia de la rebelión contra Al-Hakam I, tercer emir de Córdoba.

Latinoamérica siempre fue el principal destino desde el descubrimiento del Nuevo Mundo, aunque con altibajos, hasta mediados del siglo XX, cuando el movimiento de la población se desplazó más hacia Europa.

El profesor de la Universidad de Córdoba Antonio García Abásolo lleva a cabo investigaciones sobre la emigración de los andaluces a América en la Edad Moderna. “Las minas de plata estimularon la economía de Iberoamérica en el siglo XVI y muchos andaluces decidieron emigrar para probar suerte”, comenta. “Primero iban los hombres y cuando estaban asentados traían a sus mujeres e hijos. De hecho, quienes no reclamaban a sus mujeres eran perseguidos por la ley”. No obstante, para poder emigrar necesitaban una licencia que los atestiguara como cristianos viejos, es decir, no podían ir los descendientes de moros ni de judíos conversos. “Éste fue el freno de San Juan de Ávila, ya que el arzobispo de Sevilla le negó su marcha por tener antepasados conversos”, retoma el profesor.

Los andaluces de Occidente siempre fueron más proclives a emigrar a América que los orientales. “Esto se debe a la familiaridad con los barcos que venían de allí y atracaban en los puertos de Cádiz y Sevilla”. Pero, a finales del siglo XIX, la invasión de la filoxera, plaga de insectos que acabó con la agricultura vitivinícola en Málaga, Granada, Almería y Cádiz, la sequías, la hambruna, el colapso de la incipiente industria andaluza reflejada en el cierre de los altos hornos de El Pedroso, en Sevilla, y la Concepción, en Marbella, así como la crisis de la industria textil malagueña, obligó a emigrar más allá del Atlántico para subsistir.

El destino también varía según la época. “Perú, Colombia y México fueron los que acogieron a un mayor número de andaluces en la época colonial”, prosigue el profesor García, “mientras que Cuba se alzó como el destino más frecuente a mediados del siglo XIX”. La emigración a América se extendió hasta la crisis económica de 1929, restableciéndose tras la Segunda Guerra Mundial, aunque en menor medida. Así, desde el puerto de Cádiz salió en 1947 hacia Santiago de Chile María Barcos con su marido Juan Jiménez, El trapito, y una hija de cinco años. La Guerra Civil y la posterior dictadura le obligaron a dejar su pueblo natal, La Campana, en Sevilla. “Los comienzos fueron muy difíciles, nos costó mucho adaptarnos. En el colegio, las compañeras de mi hija se metían con ella por su acento. Fueron tiempos muy difíciles”. Sin embargo, a pesar de llevar 65 años allí, las nuevas tecnologías le permiten estar en contacto con su familia de Andalucía. “Con eso de internet puedo ver en la pantalla del ordenador a mis primas y hablar con ellas, sabes hijita”, explica risueña.

También en Santiago de Chile y gracias a los mismos avances en la comunicación, la trianera Eva Gómez puede hablar casi todos los días con sus padres. “Yo me crié en San Jacinto, en el barrio de Triana, pero en la Expo del 92 trabajé en el pabellón de Chile y me enamoré de un chileno que me pidió matrimonio”, comenta. “Tenía 23 años, pero ahora lo pienso y creo que no sería capaz de volver a hacerlo y dejar a mis padres llorando. Metí toda mi vida en una maleta y le dije muy seria a mi madre: no te preocupes, lo peor que me puede pasar es que me venga de vuelta”, recuerda Eva.

En trece años su vida ha dado un giro radical y ahora presenta dos programas en la cadena Chilevisión: El diario de Eva e Historias de Eva. “Cuando llegué me tuve que abrir camino. No conocía a nadie y no quería quedarme en casa preparando tortillas de patatas. Así que estudié Periodismo, trabajé en una revista de diseño, como productora y ahora de presentadora. No me puedo quejar aunque tengo la esperanza de volver algún día”. Su primera Navidad allí fue un gran impacto para ella. “Aquí en diciembre es verano y en vez de polvorones comemos piña. Al principio me chocó ver a Papa Noel con un bañador de palmeras, no me lo podía creer”, comenta divertida. Pero Eva también paga el precio de la fama. “Una vez escribieron que me había casado cuatro veces desde que llegué a Chile y que tenía cuatro hijos , y claro, a mi familia le sentó muy mal. Yo sólo me casé una vez, y en Sevilla, y tengo tres hijos”, rectifica.

Santiago Povedano también se casó sólo una vez pero en la República Dominicana y tras colgar los hábitos. “Cinco años después de llegar volví a España con la duda de quedarme pero tras explicarle a mi familia que vivía en Montemayor, en Córdoba, mis dudas existenciales no me sentí a gusto y regresé a Santo Domingo”, confiesa. Desde hace 30 años trabaja en su librería Mateca junto a su esposa Luisa y su hijo Santi, pero sin olvidar su tierra. “Los sábados y domingo voy a La Casa de España a ver el fútbol y todos los días veo el telediario español y 59 segundos. Me dio mucha pena que quitaran a Jesús Quintero y ahora siempre espero a ver si sacan a María del Monte, que me encanta”, explica Santiago a sus 74 años.

Cada vez que puede, este cordobés, regresa de vacaciones a su tierra, pero ya sin dudas. Son cerca de 10 horas de avión que no suponen nada en comparación con el mes que tardó en su primer viaje desde el puerto de Algeciras.

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