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El pecho henchido de los sevillistas (3-3)

  • El cuadro de Berizzo protagoniza una gesta casi heroica al empatarle un cero a tres a un Liverpool que había aprovechado sus carencias defensivas para barrer.

  • Banega toma el mando en el segundo periodo

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Nueva demostración de grandeza europea del Sevilla Fútbol Club para que su fiel hinchada se vaya del Ramón Sánchez-Pizjuán con el pecho henchido hasta casi no caber por las puertas de su casa. El resultado, el dato objetivo, indica que el marcador registró un empate, un solo punto, pero la fiesta vivida en Nervión fue de las grandes, casi cercana a las clasificaciones para las rondas finales de la Liga Europa. Enfrente estaba el Liverpool, un rival que, es verdad, está en el primer vagón de los más grandes del fútbol continental, y encima se puso con un cero a tres a la media hora del litigio que amenazó con echarle agua helada procedente de Moscú a esa entusiasta hinchada que se había dado cita en el coliseo sevillista. Las caras eran tristes, ojos vidriosos incluso por la impotencia de lo que estaban presenciando, pero el Sevilla, aunque algunos lleguen a ironizar con ello, nunca se rinde...

Encima Berizzo se atrevió en el descanso con un cambio difícil de explicar para el pagano medio en el fútbol. Franco Vázquez por N’Zonzi, un futbolista teóricamente frío y técnico por otro que abarca todo el campo del mundo. Y con cero a tres, y con el Liverpool de las balas enfrente. Pero este juego tiene estas cosas y es capaz de sorprender a todos una y otra vez para que sea imposible hallar las explicaciones convenientes con un mínimo de raciocinio. Con Banega jugando en el sitio en el que se encumbró con Unai Emery, por libre y apareciendo por todos los lados, el Sevilla protagonizó una bella gesta balompédica. Ya todo fue de color de blanco hasta que llegó el éxtasis en la prolongación.

Porque el Sevilla, con peones teóricamente más técnicos y con menos movilidad, fue capaz de encerrar al Liverpool en su área, de ir pegándole mordiscos hasta acobardarlo, hasta hacer que Coutinho fuera un verdadero fantasma por el césped del Ramón Sánchez-Pizjuán, hasta conseguir que los veloces Mane, Salah y Firmino desaparecieran del mapa. Los blancos habían sido capaces de protagonizar una de las metamorfosis más bellas que se recuerdan.

Y la figura de los Ben Yedder, Pizarro, Franco Vázquez, Escudero, Sarabia, Geis, todos por supuesto varios escalones por debajo de Banega, comenzó a engrandecerse de la misma manera en la que sus rivales se encogían como si se tratara de una esponja mojada. El Sevilla había sido capaz de dar el paso enfrente y, además, encontró el premio de los goles. El primero, en un gran cabezazo de Ben Yedder en una falta sacada por Banega; y el segundo, en el tradicional regalo de Alberto Moreno en recuerdo de sus tiempos en la carretera de Utrera. Sí, como hace algunas veces Sergio Ramos, pues igual.

El Sevilla había sido capaz de revertir la situación y conseguir que los suyos pusieran su estadio a revienta caldera. Aquello se acercaba al paroxismo, todos querían disfrutar de lo que estaban viviendo con el que tenían sentado, bueno lo de sentado es un decir claro, y, mientras tanto, sobre el césped había 11 leones que luchaban contra unos futbolistas mucho más caros y teóricamente superiores para conseguir que todos los que habían elegido la vía de quedarse a ver lo que pasaba, el 99 por ciento, se fueran con la cabeza muy arriba.

Pero este deporte tiene estas cosas y quedaba aún el broche de oro para que Jürgen Klopp pusiera cara de pensar que qué tiene que hacer para jugar contra el Sevilla y salir satisfecho. Seguro que la conclusión del reputado entrenador alemán es que lo mejor sea aliarse con semejante enemigo y ocupar algún día el banquillo de local de Nervión. Eso, sin embargo, aún pertenece al terreno de lo utopía, lo que sí fue tremendamente real fue el córner sacado en el minuto 93 para que el balón le cayera en el último esfuerzo a Pizarro y éste fuera capaz de dirigirlo, con mucha calidad todo sea dicho, a la red.

El Ramón Sánchez-Pizjuán estalló como si estuviera viviendo otra de esas noches mágicas, el Liverpool tampoco había sido capaz de acabar con la mística y la derrota volvía a resistirse una noche más, incluso con un cero a tres en contra frente a semejante adversario. Y sirve recordar el resultado del primer periodo para reflexionar sobre lo que sucedió en el mismo, sobre lo malo de la noche, que también lo hubo.

las imágenes del Sevilla-Liverpool las imágenes del Sevilla-Liverpool

las imágenes del Sevilla-Liverpool / Antonio Pizarro

Lo peor fue la manera como quedó señalada la planificación veraniega por la carencia de centrales, porque el Sevilla tuvo que afrontar una cita tan significativa con un solo sano, Lenglet. No fue extraño, por tanto, que casi en los dos primeros saques de esquina, el Liverpool sacara un rédito que no se podía creer con una jugada idéntica. Centro al primer palo, toque hacia el segundo y remate en solitario. Una vez fue Firmino y en la otra Mane tras toque del propio delantero brasileño, lo que señaló a Sarabia, el par encargado de su marcaje. Pero lo peor de todo es la carencia de elementos defensivos con jerarquía dentro del área. Y que nadie venga ahora sólo con la mala suerte, que, todo tiene cierta lógica en las ausencias registradas. El colmo ya fue la manera en la que Mane señala al voluntarioso Geis con la velocidad en el 0-3.

Lógicamente, el estado en el intermedio era depresivo, el sevillismo se preguntaba por qué su equipo había bajado algunos escalones cuando la inversión, al menos en teoría, era mayor. Pero restaba un periodo entero y Berizzo tomó la sublime decisión de sacar al Mudo por N’Zonzi para que Banega se fuera a su hábitat natural, a tener todo el poder de decisión para elegir por dónde quiere aparecer en cada momento. El argentino fue acercando al Sevilla a la gesta y ésta se consumó en el minuto 93, el mismo de M’Bia. Claro que no tiene la importancia de aquel gol, pero el sevillista llegó a su domicilio loco de alegría, casi no cabía por la puerta de orgullo. Tiene motivos para ello...

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