De chufla, pero seria

  • Con Don Tancredo, Llapisera, De Celis y Angelillo, durante un siglo vistió de oro el toreo la parte seria

Me viene a la memoria lo que me contó mi amigo y mejor torero de plata Antonio Duarte Manso El Niño cuando se refería a sus andanzas juveniles taurinas y a la seriedad con la que encaraba sus comienzos.

El lance contado fue allá por los cuarenta en el Fumanchú, bar que estaba en la calle Tarifa, refugio obligado de los torerillos algecireños sin crédito. Por lo visto organizaron en San Roque una becerrada y estaban en el cartel, Juan Luis Flores Juanete, El Niño de la Retama y de sobresaliente El Apretao uno que trabajaba en la colla, que se quedó fuera de la becerrá. Leyendo el cartel dijo "¡Esta novillá es de chufla!". Entonces, El Apretao saltó y le dijo ¡¡Sí,… chufla; pero seria!! Esta profunda reflexión tan a tiempo del Apretao nos debería servir para meditar si es que en el toreo hay algo que no sea serio.

El Niño Duarte, desde las páginas de uno de mis libros, me devuelve a la síntesis del toreo. Por esa razón hoy vamos a tratar a ese llamado 'Toreo Cómico' que fue la escuela de vida para torerillos y yunque donde se forjaron tantos buenos toreros. Burlar al toro con gracia entre nosotros debe perderse en los tiempos. Ha sido una necesidad vital, biológica, perpetuarse en un rito ancestral. La quietud ante el toro bravo es como un compromiso ante uno mismo, refrendar el valor por el valor, sin más; por la supremacía del hombre hispánico sobre la bestia.

Acerquémonos a esta tauromaquia menor. Parece que un joven novillero valenciano, Tancredo López, con escasas maneras, emigró a las américas a fín de probar suerte y fortuna y estando en la Habana en 1898 vio practicar este experimento a un mexicano llamado José María Vázquez apodado el Esqueleto Humano, muriendo éste una tarde de una cornada. Vuelto a España Tancredo, fue el 19 de noviembre de 1899 en Valencia cuando estrenó su estatismo de don Tancredo sobre un pedestal en el centro del ruedo totalmente vestido de blanco ante un toro de Flores, obteniendo un rotundo éxito.

A partir de ahí, fueron muchas de sus presencias sobre todo en Madrid y hasta con corridas de Miura hasta que el 13 de junio de ese mismo año un novillo de Anastasio Martín le infirió una tremenda cornada, teniendo el ministro de la Gobernación de entonces que prohibir dicho espectáculo. Más tarde se volvería a autorizar saliendo una legión de imitadores, entre ellos la propia esposa, María Alcaraz Doña Tancreda. Él murió olvidado en un hospital de Valencia en 1923. Pero el creador de una auténtica escuela de aprendizaje taurino y del humor en los ruedos fue otro valenciano, Rafael Dutrús Zamora Llapisera. Eran las conocidas como charlotadas, que siendo dramáticas en su esencia se presta, como todo lo serio y trascendental, a la parodia. 'Llapisera' primero fue novillero en 1908 hasta que el empresario catalán Eduardo Pagés se fijó en él y lo vistió de frac junto a otros novilleros, Carmelo Tusquellas, ataviado a modo de Charlot y otro, Fernando Colomer, como botones de hotel. Crearon personajes propios en el 'Bombero Torero', Laurelito Arévalo (padre).

De la parte seria de la cual no se puede dudar donde se lidiaba un eralito o novillo y de donde salieron a partir de 1916 nombres como: Manolete, Rafaelillo, Juanito Belmonte, Luis Miguel Dominguín, etc. En 1936 un becerro causó la muerte al banderillero Navarrete, en la cuadrilla de Llapisera. El Santanderino, Pablo de Celis Cuevas, en los carteles 'El Bombero Torero' fue en 1953 cuando organizó su espectáculo. Quién no recuerda a Pablo de Celis con su banda de música y detrás a Eugenio también de bombero; a Mandolín, con la gran M en la espalda, a Arévalo de Charlot y otras veces de Cantinflas y su cuadrilla de enanitos toreros encabezada por Miguelín como matador. De esa Escuela salieron, Ortega Cano, Dámaso González, Espartaco, El Soro, Cesar Rincón, Javier Vázquez, Cristina Sánchez y algunos más.

Pero Algeciras no podía quedarse atrás en esta historia en personajes ya míticos, en esta tauromaquia menor. Un nombre en Algeciras sobresale con brillo propio, es Ángel Molina Guzmán Angelillo. Vino al mundo el 31 de julio de 1941 en la calle Coronel Ceballos. En 1958 empezó su andadura llegando a torear en nuestra plaza unas dieciséis novilladas sin caballos. Lo difícil de poder romper en aquellos años de oro del toreo lo llevó con treinta años al toreo cómico, debido a su poderío físico y oficio ante los becerros.

Alcanzó reconocido prestigio en el 'Toronto y sus enanitos Toreros', cuando era apoderado por Manolo Cano. Angelillo también se anunciaba como Colombo. Cuando le pregunto porqué dejó la espada y la muleta, me contesta con gracia y talento: "Mira, a los toreros nos pasa como a las bombonas de butano cuando se están acabando, que calientan, pero no hace hervir el puchero". Angelillo hoy divide su tiempo ayudando en lo que puede a los aficionados jóvenes. Mantiene una gran amistad con Ruiz Miguel y su Escuela Comarcal y también con el futbol infantil, que le apasiona y divierte. "Fíjate -me decía una de esas tardes que nos vemos y charlamos de toros- en Zaragoza, con el Toronto, teníamos en la parte seria a Cesar Rincón. Tenía que lidiar y matar su becerro, pero vio en los corrales un novillo muy serio y pidió por favor que se lo echaran a él. Así fue. Le armó un lío tan grande que a partir de allí rompería para gran figura del toreo".

Por eso quiero poner hoy mi admiración y respeto en mi amigo Angelillo y en todos aquellos locos egregios que despertaron en mí y en tantos niños la emoción y la ilusión del toreo cuando de la mano de mi padre me llevaba a la Perseverancia.

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