"A escribir esta novela no me ha movido más ETA que la Guerra Civil"

  • Esta autora vasca que lleva muchos años pasando largas temporadas en Almería acaba de publicar la novela 'Hijos del árbol milenario' donde narra la historia de tres generaciones asentadas en Euskadi

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- Impresiona de Hijos del árbol milenario su sólida construcción intelectual, la mirada camusiana sobre el mundo a través de las miradas de los protagonistas.

-Es lo que he intentado, una novela de medio siglo de la vida de Euskadi desde la visión de las personas. El eje es la relación entre la historia y la vida. Es una novela sobre cómo la historia afecta a la vida de las personas, el cruce de la gran historia y de la intrahistoria de Unamuno, de ese humus de los que nacen, trabajan y un día mueren.

- Siempre hay un espacio para la mirada del otro. Son muchos los personajes que se ponen en la mente del otro, que intentan ponerse en el lugar del otro.

-Tenía desde el principio muy claro que no iba a juzgar, sino a relatar, a relatar cómo la sociedad vasca vivió una serie de tremendos acontecimientos: la Guerra Civil, la dictadura, el nacimiento de ETA y su apogeo justo a partir de que recobráramos la democracia. He querido ser objetiva, y para ello tenía que mirar desde los demás. Por eso me he vertido en los protagonistas. Esto es, por cierto, lo más autobiográfico que hay en la novela, mi manera de mirar, mi manera de captar.

- El elenco de personajes es enorme, tanto que la edición se abre con el álbum genealógico de varias familias para facilitar la lectura.

-Yo quería una novela épica en el sentido de la sociedad vasca como protagonista, realizar un cuadro histórico en toda su complejidad, con personajes de edades, clases, trabajos e ideologías distintas. En aquella Euskadi que yo recuerdo había carlistas, nacionalistas, socialistas y abertzales. Era una sociedad muy plural, bajo una dictadura pero una sociedad que conservaba las esencias de una pluralidad muy amplia.

- ¿Cuánto más hay de autobiográfico en la obra?

-Una vida deja muchas escenas, muchos detalles, muchos pensamientos que afloran en la novela. Está muy dentro de mí aquel pueblo industrial de mi infancia y mi adolescencia, un pueblo industrial, y por lo tanto muy agitado e inquieto, pero a la vez muy campesino aún en sus ritos, muy tradicional. Aquella experiencia está en la base de la novela, igual que mi posterior experiencia en la lucha antifranquista, ya en la universidad. Todo esto es así, pero en absoluto quiere decir que sea una novela autobiográfica.

- Usted pertenece a una conocida familia vasca. Su padre fue un industrial secuestrado por ETA. ¿Cree que ese hecho va a condicionar la lectura de la novela en Euskadi?

- Mi familia era una familia nacional, pero no fascista. Mi padre no era fascista. No era nacionalista tampoco, en un País Vasco donde los nacionalismos siempre fueron muy importantes. Y mi padre fue secuestrado, en efecto, aunque fuera del ámbito temporal de la novela, en años posteriores a los de la historia. Desde luego el secuestro y la pérdida de la fábrica después planean en el imaginario colectivo sobre mi familia, y por lo tanto sobre mí. Soy consciente de ello, aunque hasta ahora la acogida de la novela ha sido la normal de una novela que trata sobre la vida vasca.

- ¿Qué opinaba su familia de su militancia en la extrema izquierda?

-Nunca me la recriminó. No les gustaba, pero me ayudaron siempre. Yo tenía 20, 21 años, los deseos sociales se encarnaban entonces en militancias así y lo comprendieron.

- La novela acaba con la llegada de la democracia y la autonomía, paradójicamente (o tal vez no) el momento en el que ETA empieza a matar más. ¿Fue ETA, y cuanto ETA significa, y cuanto ETA para usted supuso por el secuestro de su padre, la principal pulsión para escribirla?

-No. A escribir esta novela no me ha movido más ETA que los primeros días de la Guerra, por ejemplo. Al menos conscientemente.

- Más allá de la ficción, aporta usted muchas claves para la interpretación de la complicada realidad vasca. ¿Fue realmente el carlismo el antecedente del nacionalismo vasco?

-Sí. En el fondo fue fácil que los carlistas se pasaran al nacionalismo. Hay mucho en común. Recuerdo perfectamente que, cuando yo era pequeña, se decía con orgullo y con toda naturalidad aquello de que nuestros cuatro u ocho apellidos eran vascos, de que no nos habíamos mezclado. En esa expresión estaba ya lo esencial para la construcción de un mito, para la formulación de la Arcadia mítica, para una construcción utópica que es falsa.

Además, la idea carlista de los fueros era la idea de unas autonomías locales. Y otro punto en común fue la religión. Había muchas ideas en común y a finales del XIX, cuando una parte importante de la sociedad vasca consideró que tenía que defender su supremacía industrial sobre el resto de España, el nacionalismo empezó a dar sus pasos.

Teníamos además una lengua propia, y ya se sabe que la lengua es una fuente básica de identidad. Era entonces una lengua que hablaban sólo campesinos y pescadores, que en las ciudades no se hablaba, pero la represión franquista favoreció su uso como identidad.

- Se advierte un enorme peso de la religión en la sociedad vasca.

-Yo he vivido un País Vasco en el que el peso de la Iglesia era tremendo. La iglesia vasca ha desempeñado un importante papel de lucha por el dominio social. La mayoría del clero era nacionalista, pero de ideología conservadora, o sea, que predicaba el sometimiento a la iglesia de Roma, a las costumbres. Y era, a la vez, un elemento de cohesión social.

Se respetaba al señor cura como al maestro. Nadie hablaba mal de los curas, como en otros sitios de España. Yo nunca oí de los curas vascos lo que oía a los inmigrantes de los curas en otras regiones. Era una iglesia distinta, más participativa, más ligada a la gente, más de base.

- De la novela se trasluce un significativo apoyo de la Iglesia a ETA.

-Lo hubo. Hubo apoyo a ETA en los conventos. Ya he dicho que la iglesia vasca era mayoritariamente nacionalista. Pienso que el apoyo al abertzalismo ha sido también inconscientemente para no perder peso.

- ¿Qué es ETA en la historia de Euskadi?

-Surgió de los hijos del nacionalismo, como crítica a la nula actividad de sus padres contra el fascismo. Al principio era la suma de marxismo y antropología, pero desde la muerte de Franco no hubo ya pensamiento en ETA. En los 60 al menos se discutía. El salto a la lucha armada tiene muchas explicaciones: una, desde luego, el momento histórico. Eran los años de la revolución cubana, de la independencia de Argelia, luego de la guerra del Vietnam. En ese contexto, en el País Vasco anticolonialismo quería decir Euskadi independiente. Y existe un fenómeno a no olvidar, que ETA fue para muchos un aliado antifranquista. La izquierda aplaudió el atentado de Carrero, por ejemplo.

- ¿Cómo vivieron el surgimiento y el desarrollo de ETA esos padres nacionalistas?

-Sin acuerdo de fondo, pero eran sus hijos. Hasta la Constitución fue así. Después ya menos, y ahora cada vez menos.

- ¿Y cómo ve usted a ETA?

-Como un pensamiento totalitario. Su estructura fundamental es como la del comunismo o el fascismo. Posee el bien absoluto. Es muy significativo que ETA haya matado mucho más desde la restauración de la democracia y la autonomía.

- ¿Cree que estamos ante el fin de ETA?

-Sí, ante el comienzo de su fin. Habrá que hablar de la entrega de las armas, de los presos, de la reinserción...

- Es la novela de tres generaciones, pero sobre todo de tres generaciones de mujeres. Doña Isabel le dice a su hija Mariví contemplando a la nieta recién nacida: "Estamos aquí tres generaciones de mujeres".

-Sí, tienen mucho peso las mujeres porque ellas son las transmisoras fundamentales de la historia, esa historia oral que pasa de generación en generación. Ellas llevaban la vida de la casa, ellas educaban, ellas transmitían los valores y las historias. Ellas eran el gran elemento moderador dentro de casa y en la sociedad también.

- Se advierte mucho este papel moderador de la mujer, especialmente en los momentos más crudos.

-Las mujeres, aunque somos individualmente diferentes, como especie humana tenemos la necesidad de cuidar la vida, puesto que somos las que la engendramos. Somos más cuidadoras. En las guerras la mujer piensa en cuidar, en el frente, en la salud. A la mujer nunca le gustó ir a la guerra.

- ¿Era también diferente el papel de la mujer en el País Vasco?

-Sí. Era mucho mayor su peso en la familia. Yo lo pude advertir cuando me trasladé a Madrid. Recuerdo que me llamó poderosamente la atención el hecho de que fueran los hombres quienes administraban el dinero de la casa. En el País Vasco, el sueldo se entregaba a la mujer y ella le daba al hombre para sus gastos.

- La novela se inicia con un amor que salta barreras, ni mas ni menos que la que había entre los dos bandos de la Guerra Civil. ¿Es un libro lleno de amor?

-Sí, es una novela en la que hay mucho amor, amor como sentimiento y amor como construcción, como construcción de vida. Y amor como memoria: el tiempo y lo que se deja también es amor.

- Hasta el erotismo se pone al servicio del amor en el libro. Uno de los momentos álgidos es el de Sol y Andrés tras ver Gilda. Es la noche de mayor pasión entre ellos.

-Unido al amor y a la creación de vida, el erotismo es la plenitud, y eso es lo que sienten y viven Sol y Andrés en ese momento.

- Hay una fuerte presencia del erotismo en la novela. ¿El erotismo es también motor de la historia?

-Ya el Arcipreste de Hita escribió aquello de que se trabaja por dos cosas: por haber mantenencia y por haber ayuntamiento con hembra placentera. Sí hay mucha presencia del erotismo, mucho aprendizaje de ese erotismo por los personajes, de distintos erotismos, tantos como van desde ése de la plenitud hasta el imposible de calmar, que puede desencadenar muerte.

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