Ramón Bogas Crespo

Director de la Oficina de Comunicación del Obispado de Almería

El día que me rompí

Recuerdo el día que me rompí. Nunca crees que va a llegar y sucede cuando menos lo esperas. No tenía problemas gordos, no había ninguna situación especialmente traumática ni dolorosa y, de repente, empiezan a darme unos mareos. Al principio, lo típico: placa de cervicales, consulta al médico, fisioterapia… y ¡nada! No había rastro de nada fisiológico. Un día, hablando con una amiga religiosa, me dio la clave: "A mí me huele a un brote de ansiedad" (emoticono de sorpresa). Pero si yo soy la persona más equilibrada, serena… Si soy feliz, tengo sentido en la vida, las cosas me van bien… Pues, queridos amigos, en las profundidades de la psique (y el cuerpo) parece que había marea.

Haciendo una lectura posterior, me doy cuenta de que, en el fondo, era una llamada de atención. Si me apuras, una bendición. Dicen ahora muchos terapeutas que esas pequeñas "crisis" son una ruptura de esa coraza que vas construyendo desde niño, a la que llaman Ego. Esa cáscara exterior que sirvió durante un tiempo de la vida para protegerte, pero que es necesario que se vaya rompiendo para dejar traslucir el tesoro que llevamos dentro. Y, lamentablemente, casi siempre se rompe con dolor: un fracaso estrepitoso, un susto en la salud, un duro revés de la vida…

Por decirlo con una metáfora de la naturaleza, sería como la lenteja. Recuerdo cuando hacíamos esa actividad en el cole. La lenteja tiene una cáscara que protege lo más preciado y delicado que está dentro. Cuando la sumerges en agua, descubres que ese caparazón exterior tiene que romperse para que nazca el fruto. Del mismo modo, nosotros tenemos que romper esa coraza exterior para sacar lo mejor de nosotros, lo que Dios puso en nuestra vida, que está, en muchas ocasiones, envuelto en demasiados prejuicios, cosas aprendidas, alguna máscara y mucho egoísmo.

"Si el grano de Trigo no cae en tierra y muere, seguirá siendo un único grano, pero si muere, producirá un fruto abundante" (Jn 12, 24). Creo que Jesús sabía, mucho antes que todos los terapeutas del mundo, cuál era esa dinámica. Morir para dar fruto. Jesús, el hombre sin armadura, lleno de Dios, viene al mundo para romper todas esas corazas de la humanidad (que tradicionalmente hemos llamado pecado). Viene a abrirse en canal en la cruz y resucitar para inaugurar una nueva etapa de la humanidad. Pero los hombres, en seguida, la sofocan y acallan. Menos mal que cada año, la Iglesia nos recuerda en Semana Santa esa entrega, esa ruptura, ese cambio de dinámica. Porque nos enfrascamos en nuestras cosas y se nos olvida la tarea más importante de la vida: descubrir el regalo que somos para los demás, tesoro solo visible, si somos capaces de ahondar dentro de nuestra coraza.

P.D. Una cosa más, que si no digo reviento. Cuando veía en televisión a Patricia, la Madre del Pescaito, me olía a esa humanidad nueva sin cáscaras, llena del Dios de la misericordia. A esa "buena gente" que camina hacia un mundo nuevo, y que inauguró Jesús en la noche de Pascua. Gracias Patricia. FELIZ RESURECCIÓN

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