El manuscrito

Atenea

Supo reconocer en Odiseo a un tipo inteligente, algo más que un chulito que salió a comprar tabaco a Troya para no volver

Aquella mañana, cuando la de dedos de rosa le acarició los párpados, Zeus ya estaba despierto. Tenía un terrible dolor de cabeza: una punzada arriba, presión en los laterales y, en general, la consciencia de la sangre bombeando. ¿Acaso se había pasado bebiendo ambrosía la noche anterior? Pensó que los ojos le iban a explotar. Haciendo memoria, solo le venía a la mente el recuerdo de haberse comido a Metis, la Titánide, protectora de los inteligentes, ora prudentes, ora malvados. No fue por hambre, sino para que no pariera a una hija que le quitara el rango de dios olímpico supremo. A una voz suya, cojeando llegó Hefesto y le abrió la cabeza de un hachazo. Un grito de terror conmovió el Cosmos cuando surgió de la herida una doncella perfectamente formada y armada. Sus ojos verdes relucían con una mirada torva tras el brillo de la inteligencia. Atenea.

Cuenta el mito que le dio su nombre a Atenas y se convirtió en su diosa protectora como guerrera invencible (era hija de Zeus) y depositaria del talento, la astucia y el conocimiento que le venían de Metis. Con su manejo de las armas, derrotó al mismísimo dios de la guerra, Ares; con su perspicacia, supo reconocer en Odiseo a un tipo inteligente, algo más que un chulito que salió a comprar tabaco a Troya para no volver a su tierra; con su imagen, para los atenienses simbolizó el conocimiento, la justicia y la defensa de la democracia. Atenea es la imagen de la victoria de la razón, la protectora de la autonomía intelectual.

Doncella, imbatida, inteligente… Se me ocurre que podríamos considerarla símbolo de cómo deberían ser nuestras Universidades y Centros de Investigación. Tomada en puro sentido etimológico, la Ciencia, conjunto de todas las disciplinas que contribuyen a la creación del conocimiento, debería no casarse con ningún interés ajeno a ella y sobrevivir enfrentándose a los enemigos del libre pensamiento, sedientos de oscuridad como Hades y hambrientos de sangre como Ares. La Ciencia, la Universidad, deberían recordar su origen divino y su destino humano: tienen que oponerse a quienes deciden orientarla, enfrentarse a la concepción mercenaria de la transferencia tecnológica sin conciencia ética. Frente a las tinieblas que acechan, precisamos una investigación sin trabas, una intelectualidad aguerrida y una comunidad universitaria militante. Es urgente. Necesitamos a nuestro lado a Atenea en pie de guerra.

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