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Blanqueadores de la realidad

El axioma de la igualdad ante la ley pareciera que, para algunos, admite excepciones

Mañana quedarán colocadas cada una de las piezas del ajedrez geopolítico que nos rodea (Bruselas, Madrid, autonomías y feudos municipales). Por fin. Atrás queda el hartazgo, la pesadez del verbo vacío y repetitivo, todo ello un síntoma más de las verdades que describe perfectamente Pérez Reverte, y comparto, tales como que el mundo en que vivimos se idiotiza. Desde tiempo atrás, con otras palabras, ya venimos advirtiéndolo. Con otras palabras, asimismo, intentamos comprender sus causas. Resumido, podríamos decir que mucho derecho y poca obligación. Es esta última la otra cara de la moneda, la que no gusta mirar, y que tiene una vertiente pública, más impersonal y, seguramente, más dañina aún, pues sirve de espejo y altavoz para el común de los mortales. Pongo ejemplos. Uno, el proceso catalán. Dos años de blanqueo independentista, relativizándose y amparándose el incumplimiento de la ley, normalizándose la fractura de la sociedad, la exclusión y odio de una parte hacia otra del pueblo por pura ideología, o, más bien, fanatismo (¿hablan de fachas?). Pero esos mismos, luego reivindican la bandera de la libertad de expresión, del respeto, de la democracia. Doble rasero, blanqueadores de la realidad. Su última aparición, en el Congreso de los Diputados, negando durante unos días la necesaria y preceptiva suspensión de los diputados independentistas procesados. El axioma de la igualdad ante la ley pareciera que, para algunos, admite excepciones, por electoralismo y credo. El segundo ejemplo, el post del terrorismo etarra, a cuenta de la detención días atrás en Francia de Josu Ternera. Miembro de ETA condenado por asesinato. Aquí no hay presunto. Tacha Ortúzar de indigno a Albert Rivera por acudir al País Vasco para reivindicar, frente a la defensa del terrorista, la memoria de las víctimas de ETA. Sin perjuicio del oportunismo de Rivera -muchos otros políticos también estrujan a conveniencia otros asuntos y nadie los tacha de indignos-, y puestos a reprochar, podría Ortuzar reflexionar sobre la indignidad de algunos partidos y sus dirigentes de apropiarse, por gracia divina, de identidades como la vasca y, últimamente, también la catalana, incluso del suelo que se pisa en esas tierras. Podría, incluso, reflexionar y no olvidar la barbarie del pasado, y saber dónde estaba entonces cada uno. A veces la memoria falla, también por electoralismo y credo.

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