Una raya en el mar

Las Menas, el sueño de Serón

En el alma de las Menas de Serón se explica todo un proceso histórico, social, económico y político de la provincia de Almería en general y, en particular, del Valle del Almanzora

Una noticia leída en este periódico -nada como el periodismo profesional para abrirnos los ojos- me lleva a una crónica de los periodistas Norberto López y Paqui Martínez en abril de 2016 acerca de la falta de entendimiento entre el entonces alcalde de Serón, Juan Antonio Lorenzo, y la Junta de Andalucía en torno al poblado minero de Las Menas de Serón. Este enclave, un entorno de alto valor ambiental, fue adquirido por la administración autonómica en 1983 y posteriormente procedió a su rehabilitación, limpieza, urbanización, construcción de una carretera desde Serón que permitía el acceso al poblado y un Hotel, que abrió sus puertas en 1999. Todas estas iniciativas supusieron poner en valor entonces una valiosa apuesta turística para la comarca.. Ocho años después vuelve la falta de entendimiento, ahora más grave aún, por cuanto la administración autonómica anuncia subastar la villa por un millón y medio de euros. Ahora es el alcalde seronense, Manuel Martíinez Domene, quien clama ante el despropósito del gobierno andaluz de subastar un bien de interés cultural (BIC), al que no puede concurrir el propio ayuntamiento de Serón.

La Junta de Andalucía con un patrimonio cultural tan formidable y extenso vive en la paradoja de no saber estimar la fuente de riqueza patrimonial que es el poblado minero de Las Menas y, en vez de potenciarlo, lo arruina, expolia, olvida o subasta, desprendiéndose de un bien de interés público. Es como si las políticas autonómicas llevadas a cabo por la Junta en materia de cultura no alcanzar a ver que no hay riqueza más segura que la que proviene del saber. De ahí que no entienda, por ejemplo, que recortar presupuesto en escuelas públicas para derivarlo a la concertada o a la privada, recortar en museos o investigación es tanto como despreciar el yacimiento de un bien inagotable como el patrimonio que, a diferencia de otros, no se agota, ni envenena el medio ambiente, ni genera la pobreza que suelen dejar las materia primas o la indignación social ante los gastos suntuarios, sueldos de los altos cargos políticos de la Junta y otros cargos parásitos.

El director general de Patrimonio de la Junta debería saber que el poblado minero de Las Menas de Serón es un legado cultural único y singular; un legado que nos conecta con el pasado, como si nos advirtiera de un futuro hipotético en este tiempo de presentes absolutos. Porque ese espacio, memoria de un tiempo vivido, es un bien cultural público que siempre ha sido administrado por la Junta de Andalucía como respeto profundo al patrimonio y a las generaciones que lo habitaron, y eso debería ser inamovible.

En el alma de las Menas de Serón se explica todo un proceso histórico, social, económico y político de la provincia de Almería en general y, en particular, del Valle del Almanzora, que merece ser protegido desde la administración autonómica, garante de la memoria histórica de un tiempo pasado. Ay, pero los réditos del sector inmobiliario a veces juegan un papel protagonista en la destrucción del patrimonio histórico. También la ignorancia o la desidia de los poderes públicos, como la del flamante director general de Patrimonio de la Junta de Andalucía, Joaquín Gallardo Gutiérrez, que quiere exponer ese bien público en vulgar subasta festiva, desde la majestuosidad de lo inconsciente, y cree ver en ese medio recaudatorio una pera en dulce. Una decisión que forma parte de una ignorante indolencia que tiene creer que lo que no está vivo y es bello se puede subastar, vender, olvidar y tirar sin saber que ese patrimonio es un cofre lisérgico que guarda pedazos de la memoria de esta provincia.

En aquel poblado de Serón, me cuenta Andrés Barea, hijo de un viejo minero convaleciente de aquel hábitat, que allí había muchos niños hijos de minero, como él, y padres y hermanos de cuerpos gastados por la fortaleza escandalosa del mineral, donde la vida transcurría como en un silencio acuático. Allí, por las tardes, se refugiaban -cuenta Andrés-, desde su candidez inverosímil, a jugar entre los boquetes de las explosiones que abrían los mineros para extraer el hierro. Eran aquellos juegos los juegos infantiles posibles, completamente autogestionados, aprendidos unos de otros, ensayados día tras día en aquellos descampados de tierra ocre donde pasaban una gran parte del tiempo, entre otras cosas porque las casas de los mineros, sus casas, no eran demasiado confortables.

Paseo por la memoria de sus calles vacías. Me detengo un rato largo a pensar en el final de la subasta anunciada por el gobierno andaluz; pienso en qué terminará este entorno profundamente aún vivo y hermoso, en su paisaje singular; pienso en los recuerdos que albergan hoy el alma de estos edificios y pienso en el miedo que sentirá el alcalde de Serón cuando toda esta belleza pública se desprenda del compromiso de lo público. Su miedo, mi miedo, el miedo de las gentes que alimentan los recuerdos y la historia de una comarca -debería saberlo el director general de Patrimonio- es también una advertencia útil de una experiencia peligrosa. Porque la codicia de la gente que domina el mundo es inagotable y porque hay decisiones que pueden ser monstruosas.

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