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Observar lo que nos rodea

No se trata de tirar de misticismo platónico, sino de naturalidad aristotélica; de observar lo que nos rodea

Solemos tener cierta propensión, natural e inconsciente diría yo, a llenar de ruido cualquier ambiente en el que nos encontramos ausente de sonido, ya se trate de un ascensor, sala de espera o mesa en la que compartir una comida. También a asignar movimiento a toda estampa inanimada que se nos presente, pareciendo que con el meneo cambiamos a mejor, no se sabe por qué. Respuesta natural, o de defensa, acostumbran llamar a esto. Pero entiendo que podríamos acordar que esos hechos, al menos siempre, no son necesarios ni ayudan. Más bien todo lo contrario, pueden adulterar o resquebrajar su bendita antítesis, la contemplación.

Y es que, hoy en día, este estado o actitud, la contemplativa, no como ánimo de complacer a alguien por afecto o por interés, sino como actitud de cualquier persona de prestar o poner atención en algo (material o espiritual), se encuentra devaluada socialmente, lo que no se comprende cuando -según algunos- en ella se encontrarían las respuestas a los misterios de nuestra existencia. Aserción ésta que hace imposible el teorizar, ahora y en unas pocas palabras, sobre el verdadero sentido de la vida, condensando el pensamiento de los grandes de nuestra historia de la humanidad, incluidos contemporáneos.

La pretensión de estas líneas es mucho más humilde, queriendo simplemente hacer -por convicción- un pequeño tributo y elogio a las bondades de esa quietud de observación, palabra y acto. Al aprendizaje pasivo y paciente que la propia naturaleza nos regala sin contraprestación a cambio. Al simple placer de llegar a comprender y sentir la realidad. No se trata de tirar de misticismo platónico, sino de naturalidad aristotélica, de observar con mayor detenimiento lo que nos rodea, lo que sucede a nuestro alrededor. Pero tengan cuidado, no se dejen engañar nunca, y de ningún modo, por esas pseudo-ciencias o bagatelas literarias que están proliferando últimamente a rebufo de tanto chamán de pacotilla.

Se trata solo de que presten mayor atención a quien lo merece, y otorgar menos valor a lo que no lo tiene. Cuando lo hagan, puede ser que abran los ojos no dejando escapar ningún detalle, quién sabe, si del mejor día de su vida. Porque la contemplación y el estudio es el alimento del corazón y la inteligencia. Al menos eso decían en la Antigua Roma.

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