Manuel Ángel Vázquez Medel

Catedrático de Literatura y Comunicación de la Universidad de Sevilla

Pase lo que pase, ya hemos ganado

Creo sinceramente (con mi respeto para quien piense lo contrario) que lo peor para nuestro país sería un gobierno de la derecha extrema con la extrema derecha

No da igual lo que ocurra el próximo 23J. Habrá un antes y un después para nuestra democracia: o un grave proceso involutivo lleno de limitaciones y coartaciones de libertades y derechos duramente conquistados, o un nuevo horizonte esperanzador con avances en el reconocimiento de la dignidad y de los derechos de las mujeres, de colectivos antes marginados y que hoy pueden hacer visible su orgullo con respeto a toda la sociedad; en el diálogo social y en los derechos de los trabajadores, de los jubilados, de los jóvenes, de los inmigrantes… No. No da igual.

Decía Francisco Ayala que en la confrontación fratricida, todos podemos cometer -como sucedió tras el golpe militar del 36- errores y horrores. Pero no todos los errores son iguales. Y añadía que no siempre es posible elegir entre lo bueno y lo mejor (elección óptima), y ni siquiera entre lo bueno y lo malo. Cuando la vida nos obliga a optar entre lo que nos parece malo o lo peor, lo ético es elegir lo malo, no lo peor. Para él, finalizada la contienda, lo peor era la dictadura franquista, y pagó el elevado precio del exilio. Creo sinceramente (con la ecuanimidad que me sea posible alcanzar, y con mi respeto para quien piense lo contrario) que lo peor para nuestro país sería un gobierno de la derecha extrema con la extrema derecha.

En las últimas semanas estamos viendo un anticipo de lo que se nos puede venir encima si esta posibilidad (ya realidad en algunos ayuntamientos y comunidades autónomas) se consuma: negacionismo de la violencia de género, retirada del apoyo y protección a las mujeres víctimas de la única forma de terrorismo actual en nuestra sociedad, el terrorismo machista (ETA, afortunadamente, dejó de existir hace muchos años); negacionismo del cambio climático y de la construcción de un futuro sostenible; negacionismo de la necesidad de una memoria (desde el perdón, no desde el olvido) que nos salve del odio y repare violencias e injusticias aún enterradas en cunetas reales y simbólicas; negacionismo de los avances económicos que se producen cuando se trabaja por la mayoría de los ciudadanos y no para los intereses de élites económicas que controlan la política y los medios; negacionismo de la necesidad de lo público (en la sanidad, en la educación) en equilibrio con la iniciativa privada; negacionismo de la riqueza de la diversidad cultural, de la virtud de la tolerancia, frente a vergonzosas censuras que no esperábamos ver en el siglo XXI.

Es mucho lo que nos jugamos. Somos responsables, hagamos lo que hagamos, del voto o de la abstención. No hay libertad sin responsabilidad, ni derechos sin deberes, como recordaba Saramago.

¿Por qué, pues, ante este horizonte, el más delicado que recuerdo haber vivido, sostengo que, pase lo que pase, ya hemos ganado?

Porque, pese a mentiras y medias verdades, a insultos y despropósitos que ofenden la inteligencia, a manipulaciones mediáticas inconcebibles desde la ética periodística, estamos viviendo también el mayor despliegue en defensa de la democracia que jamás se haya producido. Un impulso crítico y creativo que subraya lo que podemos ganar si en lugar de resignarnos a “La era de la vileza”, como denunciaba Muñoz Molina, apostamos por “La era de la alegría”, como ha defendido Alfonso Berlanga. Un impulso del mundo de la cultura con audiovisuales hermosos y profundos, o testimonios valientes como el de Marisa Paredes. Un impulso desde la ética de la información, como demostró Silvia Intxaurrondo en la radiotelevisión pública, la de todos, en la que se niega a debatir uno de los candidatos. O como, desde su ejemplar dedicación al periodismo, ponía de relieve la profesora María Lamuedra en una Carta que hay que leer.

Son ejemplos de una gran movilización intelectual, artística, social, en defensa de las libertades y de la democracia. Jamás aceptaremos la pérdida de la dignidad. Seguiremos luchando por ella. Y si despeñan esa roca fuerte de la democracia que entre todos hemos empujado, como Sísifo, arriba de la montaña, comenzaremos a subirla una vez más y más alto. Nuestros hijos y nuestros nietos lo merecen, y vamos a trabajar por conseguirlo. Con esperanza.

Por eso, pase lo que pase, la mayor parte de la sociedad que apuesta por valores democráticos, que solo se defienden con más democracia, ya ha ganado.

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