Corría 1814, cuando ayudado por los Cien Mil hijos de San Luis, Fernando VII abolía la Constitución de Cádiz aprobada dos años antes, la tercera Carta Magna promulgada en el mundo, tras la americana y la francesa. El monarca absolutista llegó a prohibir, incluso, la propia mención al texto. Nació entonces, al grito de ¡Viva la Pepa!, la primera de las decenas de encarnizadas luchas del pueblo español en busca de una libertad, equidad e igualdad de oportunidades que nos negaban desde un poder absoluto, autoimpuesto, e inmisericorde.

Más de dos siglos después, estamos sometidos a una peligrosa deriva que estigmatiza valores y esconde realidades disfrazándolas en bandos funestos de historia. Y es que España vuelve al siglo XIX, y no al final de la II República, cómo quieren hacernos creer. Ya no hay bandos, ya no hay rojos y azules, ya no hay izquierda o derecha, no hay soldados y pueblo… En la actualidad todo se resume, en constitucionalistas y detractores de la propia Carta Magna.

No profundizaré en la legalidad o no de la ley de Amnistía, son muchos los artículos, columnas y textos jurídicos que ya lo analizan. El foco de preocupación está en las consecuencias de este hecho como invasión del legislativo sobre el judicial, y con ello, en el verdadero peligro de líderes que emergen entre la mentira, el egocentrismo y la patológica ambición de creerse entes superiores y seres supremos, muy por encima de la sociedad que en primera instancia los eligió. Para ellos, como escribió Ignacio Varela, el principio de legalidad es un estorbo, y la independencia de los jueces, un obstáculo. Y eso es lo verdaderamente preocupante.Pedro Sánchez es presidente del Gobierno de España cometiendo el mayor fraude social y político que un representante público puede atribuirse: hacer exactamente lo contrario que el contrato que firmó, en forma de promesa, con su electorado. Y eso es así, dado su carácter de ególatra en la creencia que todo lo domina, todo lo puede y todo se le permite. Y esa es la dicotomía y forma de actuación de políticos que un día fueron democráticos y en la actualidad rezuman a dictadura y sinrazón, con un pueblo empobrecido, hambriento, sin libertad y aplastado de adoctrinamiento y miedo. Y eso, no está tan lejos de la España de 2024. En ninguno de esos países, jamás creyeron que eso pudiera pasar, y pasó.

Decía Tufídides, en el 416 a.C., que la descomposición de la sociedad derivaba de ridiculizar la moderación considerándola un rival de cobardía. ¿No es acaso eso lo que vimos en la tribuna del congreso en el rostro de un presidente que traspasó el ridículo y generó las más razonables dudas sobre su equilibro y mesura en un minuto de carcajadas sin sentido, desproporcionadas y a destiempo? La degradación de su figura ya no es solo la del mentiroso compulsivo, más aún, es la del atrevido y desgarrado presidente que, envuelto en la sumisión interna de los suyos, cree que la sociedad en su conjunto le debe la misma pleitesía.

En este momento, la división de poderes en nuestro país es una quimera que no soporta ni tan siquiera los textos legales. Sánchez ha ejercido de arquitecto maquiavélico, construyendo una estructura que, en forma de tela de araña, ha encogido la justicia para encorsetarla en la dirección que su capricho indique. Y ya, sin pudor, él mismo, se ha erigido en juez y parte, para comprar una presidencia en forma de sentencia derogatoria de las penas que unos tenían que cumplir, y otros, prófugos de la justicia, ni tan siquiera, fueron juzgados. La grave paradoja es que serán precisamente éstos, los qué a partir de hoy, decidan y gobiernen el país del que quieren independizarse y consideran su acérrimo enemigo. ¿Les suena la historia? Un nuevo caballo de Troya aparece en escena. Los independentistas se visten de aqueos, prestos para abrir la compuerta y hacer cumplir sus pretensiones de derrotar a un estado español, que sin defensa y sin murallas solo está facilitando su afrenta, como lo hizo Troya en la vil batalla.

Es la hora. Es la hora, de rebelarse pacíficamente sobre el capricho, la desigualdad entre territorios, la política autárquica, el populismo, el desmantelamiento de las instituciones, el manoseo de la constitución, el control de la justicia, el adoctrinamiento masivo a través de la educación, y sobre todo, la compra de voluntades con dinero público, por un lado, a colectivos afines, y por otro, a comunidades autónomas cuyos partidos nacionalistas e independentistas han hecho posible el nombramiento presidencial. Es la hora, de protestar en las calles contra los que tratan de imponernos la falacia como sistema de gobierno, concentrándonos en nuestras plazas, y proclamando libremente y de forma civilizada nuestra disconformidad ante la desigualdad patente entre españoles, según en el territorio donde vivan.

Y Almería, a buen seguro, será bandera del constitucionalismo, de lealtad a la democracia, de provincia comprometida con el crecimiento y el progreso de aquellos que arriesgaron sin límite en lo económico para hacer del emprendimiento la enseña del avance y esplendor de un territorio, antes, olvidado. Un progreso que peligra ante la desestabilización política, la inseguridad jurídica, y el avance sin límite de la ruptura de un país que se tambalea rompiendo los preceptos de Montesquieu, Rousseau y Voltaire. El empresario se he erigido, para este gobierno, con un enemigo a batir, como aquel que tiene en su autonomía la libertad de acción que tanto miedo da a esos socialistas que pretenden anular la individualidad y la capacidad de interpelar. Y Almería, en eso precisamente, es una referencia internacional con un tejido empresarial sin deuda ideológica hacía ningún partido y ninguna ideología. Es éste, un añadido en juego, que hace de nuestra provincia un objetivo estratégico a derruir y soslayar por este Gobierno. Tengamos mucho cuidado. En la actualidad, no ejercen las cortes de Cádiz, no vivimos en 1814, no reina Fernando VII, ni tan siquiera, aún, está derogada la constitución de 1978; pero nunca antes, desde ese 6 de diciembre, había cobrado más sentido el grito unánime, imprescindible y simbólico de ¡Viva la Pepa!

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