Comunicación (Im) pertinente

Francisco García Marcos

La ignominia de Margallo

Reconozco que Federico García Lorca puede ser incómodo, hasta repelente, para la derecha más obtusa

García Margallo debería haber cuidado la puesta en escena. Le habría convenido que Ayuso le prestase alguno de sus ocurrentes asesores de imagen. El Caudillo hacía estas cosas bastante mejor. Llenaba la Plaza de Oriente a base de paisanos a los que premiaba con un sencillo bocadillo. Margallo podría haber optado por un auditorio repleto, a oscuras, con un foco que lo iluminara mientras se aproximaría ceremoniosamente hasta la mesa situada justo en el centro del escenario. Hasta allí llegarían los mozos del almacén para depositar un cofre, forrado de cadenas de acero. El ex ministro sacaría siete llaves para ir abriéndolas y llegar a la cerradura central. La abriría con pausa, para destapar el cofre, extraer un folio, elevarlo y guardar un imponente silencio, antes de descifrar su contenido, uno de los grandes secretos de la cultura española: “García Lorca había apoyado un golpe violento en España” Reconozco que Federico García Lorca puede ser incómodo, hasta repelente, para la derecha más obtusa. Izquierdista activo, siempre identificado con los desfavorecidos, homosexual, masón y anticatólico manifiesto, desde luego, reunió en su persona varios anatemas singularmente ingratos para esa ideología. Por desgracia, al emerger los tópicos se difumina, cuando no se oscurece por completo, lo meramente artístico. No es una práctica exclusiva de la derecha. A Salvador Dalí, tan amigo del poeta granadino, el dogmatismo de la izquierda le niega una contribución pictórica extraordinaria. Ejerció de bufón oficial del Franquismo, eso nadie lo puede negar, lo que no le impidió pintar de una forma única y genial. En el caso de García Lorca y la derecha española, además, concurre otro factor bastante lacerante. Lo mataron ellos, o sus ancestros políticos, todavía no sabemos ni donde con exactitud. Intervenciones como la de García Margallo ofenden nuestra memoria colectiva y, justo por ello, lesionan nuestra dignidad como ciudadanos. Los mercachifles y charlatanes tradicionalmente han presupuesto una ignorancia mayúscula entre su público, terreno fértil sobre el que sembrar impunemente sus bulos. Si ese fuera el caso, García Margallo podría impostar que dispone de una exuberante información privilegiada, que generosamente comparte con el gran público. Pero resulta que hemos leído la firma del poeta en los manifiestos de apoyo a la URSS, que hemos visto sus fotografías en La Barraca, divulgando la cultura teatral entre los pueblos más perdidos de aquella España secularmente abandonada.

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