Comunicación (Im) pertinente

Francisco García Marcos

La lluvia al otro lado del cristal

La comunicación electrónica convierte a la información en una lluvia de noticias

La comunicación electrónica convierte a la información en una lluvia de noticias. Como las gotas, van cayendo unas tras otras de manera uniforme y constante. No sé si es un ejercicio de nostalgia o la vivencia de otra manera de gestionar la información. Pero echo en falta las decisiones sobre cosas sustanciales. No era lo mismo colocar (o no) una noticia en la portada, asignarle un número u otro de columnas, ubicarla en página impar o incluirle una foto. La mera disposición del periódico orientaba al lector. Así que a menudo me incomodo con el formato de las parrillas informativas, con esa sucesión ininterrumpida y amorfa de informaciones, como si todas tuvieran el mismo peso y la misma trascendencia. Un buen día nos desayunamos con los devaneos corruptos de un ministerio, con el consiguiente alud de agravios entre los miembros de la cámara. Otro conocemos la última ocurrencia de un autoexiliado en su ingeniosa carrera por no comparecer ante los tribunales, como sus compañeros de rebeldía. Por supuesto, estamos informados pertinentemente de los devaneos de los famosos y de la ultimísima actualidad deportiva. Aunque se mezcle indiscriminadamente todo en la pantalla del dispositivo electrónico, desde luego, nada de ello me parece equiparable con la realidad demoledora de la pobreza en España, por encima del 27,8% según datos de 2021. Ante esa cruda evidencia, el resto de frivolidades debería diluirse. Con todo, más que la cifra en sí debería preocupar su recepción e interpretación, también su mecánica sociológica. Muchos ciudadanos simplemente no la perciben en la cotidianidad diaria de los establecimientos, del fluir de la calle, del consumo por todas las esquinas. Insisten en que las tiendas siempre han estado lo mismo de llenas. Cabe, por cierto, la posibilidad justo contraria, que nunca hayamos reparado en lo vacías que estaban. Que la pobreza en España sea consustancial, endémica, es una posibilidad tan real que lo mismo hasta la hemos interiorizado. Aunque, como contrapunto, también sabemos que en España es posible ir enlazando subsidios varios hasta completar una vida laboral íntegra sin haber pisado el mercado de trabajo. Es una queja sempiterna de los menos proclives a que el estado se solidarice con sus ciudadanos, si bien vuelve a ser una experiencia cotidiana. Es cierto que eso implica una merma individual profunda y, a veces, irreversible, que se asuma un rol de mendicidad y que se opte por la más esencial de las vitalidades.

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