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Carlos Colón
Ser andaluz con naturalidad, sin orgullo
Durante años, Isabel Allende cargó con un maletín a todas partes. Era un compañero inseparable y pesado que la seguía de casa al trabajo y del trabajo a casa. En él guardaba el manuscrito original de su novela, en una época en la que no existían los ordenadores y las páginas debían mecanografiarse.
Es una de las muchas anécdotas que relata en sus clases. Así explica su pasión por la escritura: no podía separarse de su borrador. Temía que se perdiera o desapareciera. Necesitaba la certeza de que su trabajo, ese que le costaba horas robadas al sueño y a la vida doméstica, estaba a salvo.
La escena resume algo más que la disciplina de una autora consagrada. Habla del esfuerzo silencioso de quien compagina vocación y supervivencia. Allende empezó escribiendo en la mesa de la cocina, un ocho de enero; después lo hizo en un armario. El lugar era lo de menos. Lo único imprescindible era escribir, sostener la rutina cuando nadie mira, insistir incluso cuando no hay garantías.
Esa forma de entender la creación contrasta con el momento social que atravesamos. El sacrificio se esquiva, la inmediatez se impone. El efecto scroll ha saltado de las pantallas a las aulas, a los trabajos, incluso a las relaciones. Pasar página nunca fue tan literal. El gesto de deslizar el dedo ha moldeado una forma de estar en el mundo: si algo incomoda, se descarta; si exige paciencia, se abandona.
En varias entrevistas, la psiquiatra Marian Rojas Estapé advierte del impacto que plataformas como TikTok tienen en nuestra tolerancia a la frustración. La recompensa inmediata reduce la capacidad de sostener el esfuerzo. Crecer (emocional, intelectual, profesionalmente) exige perseverancia. Y la perseverancia no cabe en un vídeo de quince segundos.
La cuestión ya no es solo cultural o educativa. En Estados Unidos, las grandes plataformas digitales se enfrentan estos días al primer juicio de una joven que las acusa de diseñar productos capaces de generar dependencia. Es uno de los nueve procesos previstos este año, con miles de denuncias acumuladas, en un caso sin precedentes, comparable a los litigios contra las tabacaleras.
Frente a ese diseño pensado para retenernos, el maletín de Allende adquiere otro significado. No era un objeto ligero ni cómodo. Pesaba. Exigía cargarlo cada día. Pero dentro no había una recompensa instantánea, sino un trabajo lento. Quizá ese peso, de compromiso y constancia, sea precisamente lo que empieza a escasear.
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