El manuscrito

La venganza de Afrodita

Afrodita no defiende la familia, sino el deseo, el placer, el ansia de orgasmo, indiferentemente de con qué sexo se consiga

Suelen los dioses, en general, tener poco sentido del humor y mucha mala baba cuando de castigar a los humanos se trata. Lo vemos en distintas religiones, tanto las que se agotaron hace milenios como las que siguen vivas: la sanción es ejemplar porque se les aplica al pecador y a sus descendientes, que no tienen culpa de nada pero cuyo sufrimiento es buen aviso para navegantes. ¿Has comido del fruto del árbol del Bien y del Mal? Tú y los tuyos os ganaréis el pan con el sudor de la frente. ¿Te llamas Atreo y le sirves a tu hermano Tiestes sus propios hijos bien cocinados al horno de leña? Pues a tu Menelao le van a poner los cuernos más famosos de la Mitología, se va a armar la de Troya y a tu otro hijo, Agamenón, se lo van a cepillar entre su mujer, Clitemnestra, y su amante, Egisto.

Malinterpretamos el papel de Afrodita cuando la contemplamos desde nuestra atalaya del siglo XXI: la tenemos por diosa del amor igual que a Eros, el Cupido de los romanos, lo hacemos responsable de los flechazos (de ahí viene la expresión, sí) que nublan y enamoran a las personas. Sin embargo, su negociado es otro: Afrodita, la Venus romana, es la protectora y fomentadora del sexo y el placer erótico y, como tal, terriblemente poderosa. Para Sófocles, la fuerza de Eros lo hace invencible en la batalla y fomenta la aparición de querellas; Lucrecio, al principio del De rerum natura, llama a Venus "placer de dioses y humanos" y la hace responsable de que todos los seres vivos la sigan, seducidos y enardecidos, cautivos del impulso de la coyunda.

Afrodita no defiende la familia, sino el deseo, el placer, el ansia de orgasmo, indiferentemente de con qué sexo se consiga, porque no se trata de reproducción y estabilidad, sino de satisfacción y disfrute. La lista de víctimas de su venganza incluye a Alectrión, Glauco, Momo, Atalanta o Hipomenes. Hoy, a quienes matan a un chaval al grito de "maricón" o a quienes le tatúan a cuchilladas en el culo eso mismo, seguro que Afrodita les daría el castigo que más temen y desean: los obligaría a reconocer en público y ante sí mismos su condición homosexual y los soltaría en medio de una manada de bestias como ellos. Nosotros, en nuestro siglo XXI, debemos pedir otra cosa bien diferente: que la Justicia actúe, resarza a las víctimas, condene a los delincuentes y se les proporcione esa educación que sus familias no han querido o no han sabido darles.

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