Hace muchísimos años en un pueblo de Almeria. España se percibía pequeña y alejada de Europa. Nosotros, sin embargo, en aquel pueblo nos sentíamos europeos y algunos sin saberlo nos comportábamos como europeos.. Muchos años más tarde en Madrid un profesor de sociología explicaba que los seres humanos durante milenios se han esforzado por construir sociedades reconocibles vertebradas en signos externos como los usos y costumbres, las vestimentas, las lenguas, los rituales, festividades, etc. Mas tarde las religiones se hicieron presentes reforzando esos signos de reconocimiento. Antes de avanzar en estas líneas teóricas, habrá que avisar tal como ocurrió en la presentación en España de la obra teatral ¿Quién teme a Virginia Wolf?; se advirtió; “esta obra no es aconsejable para un público no preparado, únicamente para espectadores con sólida formación”. Eso podría ocurrir con este artículo. Porque se trata de un asunto sumamente delicado que pudiera suscitar opiniones muy diversas si bien no hay intención polémica sino contribuir a algunas reflexiones que rondan en la mente de millones de ciudadanos españoles y europeos.

Europa y por ello España son comunidades humanas que se han ido conformando a lo largo de siglos. Avances y retrocesos, guerras, sufrimiento y sangre derramada durante siglos en las tierras de este viejo continente; ¿para qué? Tal vez para consolidar una forma de vida, un modo de entender el mundo, las relaciones, el comercio, la administración, el derecho, la política, el poder , en definitiva una cultura que con luces y sombras nos ha guiado en este largo y tortuoso camino hasta este siglo XXI que seguimos siendo europeos. Esta sensación de identidad y comportamiento se han mantenido muy a pesar de luchas sobre todo de carácter religioso y de ambiciones políticas. Las sucesivas aportaciones de pensadores, filósofos, sociólogos, economistas y gentes lúcidas, alumbraron en Europa formas diversas de entender la política, las relaciones humanas, económicas y sociales. Y tras siglos de oscurantismo y poderes absolutos se llegó al siglo de las luces y la Ilustración que dieron paso al reconocimiento de los Derechos Humanos. La sociedad civil se abría paso como soberana de su destino frente a las monarquías absolutas apoyadas por las religiones y los ejércitos .Desde el siglo XVIII hasta ahora mismo las libertades, los derechos y la pluralidad de ideologías diversas y adversas han sido signos de europeidad. La religión ha sido relegada al ámbito de los que participan de esa fe. España como el resto de países de la UE es un Estado aconfesional y una democracia constitucional con las garantías del Estado de Derecho.

Un nuevo fenómeno se hace visible; este mundo que conocemos comienza a desdibujarse alterado por un fenómeno que llaman globalización. Un mundo nuevo sin duda se abre paso a nuestros ojos. Sin prejuicios, ni adjetivos los actores para este cambio radical son los millones de inmigrantes que se están asentado en este continente, esto es una realidad matemáticamente imposible negar que se muestra a diario en los medios de comunicación, singularmente en la Tvs y en todos los órdenes de la vida cotidiana. El impacto de este fenómeno en la sociedad española y europea está por determinar, pero no hay ninguna duda que se percibe en todos los ámbitos de las relaciones humanas. Los más pesimistas lo valoran muy negativamente, frente a otros más optimistas que consideran aportaciones de diversas culturas a la vieja Europa. Los razonamientos de ambos son motivos para un serio y honesto debate. Ocurre que ese debate no se ha asumido desde los poderes públicos y los ciudadanos perciben estos cambios con cierta radicalidad en uno u otro sentido. Cabe imaginar que será inevitable afrontar este fenómeno con seriedad analizando y valorando las posibles consecuencias que pueda traer consigo. La nueva sociedad multi racial, multi cultural, pluri religiosa y pluri lingue es un escenario posible que sin pausa se va haciendo presente en pueblos y ciudades cambiando la fisonomía urbana.

He recibido invitaciones para asistir a conferencias muy habituales en foros acreditados de Madrid. En uno de ellos un sociólogo disertaba sobre el tema de la inmigración con cierta mesura. Cuando se abrió el turno de preguntas un señor que se identificó como “ médico jubilado” se permitió un comentario, “como español habré de pensar en el mundo que dejare a mis hijos y nietos. Respecto a los centenares de miles de inmigrantes de procedencias diversas habré de decir que estos que han decidido llegar hasta aquí, si se muestran dispuestos a respetar nuestras libertades, nuestro modo de vida, nuestras costumbres nuestras tradiciones y cultura civil religiosa y si además participan para mejorar y perfeccionar el sistema democrático que conocemos, habrá que recibirlos con optimismo. Pero podría ocurrir que cuando estos millones de nuevos ciudadanos pudieran alcanzar demográficamente las cifras suficientes para influir en la política y en la sociedad estos valores que son los que conforman Europa, mutando, mutando, podrían desaparecer y entonces, en un futuro no tan lejano los europeos habrían de enfrentarse a un serio problema como ocurre en las sociedades “dispersas”, sin referencias comunes, alterando el curso de su historia. Ignoro como podría determinar el futuro en convivencia y en libertad que hemos conocido, tampoco el desarrollo económico y social y político que disfrutamos no como un regalo sino como consecuencia del esfuerzo individual y colectivo de nuestros ancestros. No quiero retroceder a otras épocas ya superadas, ni asimilar mi país a otros países anclados en el tribalismo religioso y social gobernados por una despótica teocracia”.

Con sus palabras, este profesor planteó al auditorio incógnitas que hoy están sin respuesta. “Habrán de ser los gobiernos europeos quienes han de regular las vías de incorporación a nuestra sociedad de esos millones de inmigrantes. Unas vías respetuosas y regladas mediante leyes justas señalando obligaciones y derechos que hagan posible la convivencia y alejadas de la radicalidad. Pero ello solo sería posible con la honesta aceptación de una realidad imposible soslayar; ellos llegan a este continente motivados por necesidades de diversa índole, algunos por persecuciones políticas o religiosas, otros huyendo de la hambruna y las guerras y otros por interés puramente económicos. Los que decidan vivir en Europa habrán de aceptar que son huéspedes de una Europa democrática y abierta. Por un principio elemental los europeos no habríamos de renunciar a nuestra forma de vida y los inmigrantes habrán de asumir pacíficamente la sociedad que les acoge”. Los gobiernos europeos están atrapados en un dilema; continuar sosteniendo llamado Estado del Bienestar ahora abierto a esos millones de inmigrantes, legales e ilegales a la par que sostener los beneficios y ayudas sociales a quienes rechazan las oportunidades laborales.

Son incógnitas que ningún gobierno europeo ha querido o ha sabido resolver.

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