La reciente polémica provocada por las declaraciones del presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, anunciando su intención de incorporar Groenlandia —territorio autónomo dentro del Reino de Dinamarca— a su país, ha sacudido a Europa. No tanto por lo que se propone, sino por las formas con que se expresa. Cuando un presidente estadounidense afirma que actuará “por las buenas o por las malas”, no estamos ante una boutade, sino ante una formulación coherente con dos siglos de política exterior norteamericana.
Europa, desconcertada, parece descubrir ahora una realidad que debería conocer bien: que el poder de Estados Unidos no se ha construido sobre el respeto al derecho internacional, sino sobre la presión, la ocupación de facto y, llegado el caso, la fuerza. Groenlandia no es una anomalía; es un capítulo más de una larga tradición. Para comprenderlo basta con mirar a la historia de España y, en particular, al caso de Florida.
Durante décadas se ha repetido que España “vendió” Florida a Estados Unidos en el Tratado Adams-Onís de mil ochocientos diecinueve. La expresión es engañosa. Lo que ocurrió fue que Washington ocupó ilegalmente el territorio y, cuando España carecía ya de capacidad para recuperarlo, impuso un tratado que legalizaba el hecho consumado. No fue una compraventa, sino una extorsión geopolítica.
Florida era una pieza estratégica: controlaba el acceso al Golfo de México, al Caribe y al flanco sur estadounidense. Precisamente por eso fue codiciada. Desde comienzos del siglo diecinueve, el Gobierno de Washington decidió que debía ser suya, no por derecho, sino por interés. Para lograrlo recurrió a métodos que hoy resultan inquietantemente familiares: presión diplomática, colonización dirigida, creación de estados títeres y, finalmente, intervención militar.
Todo ello ocurrió bajo la presidencia de James Madison, precursor directo de la Doctrina Monroe. Ya en mil ochocientos once, con la llamada Ley de No Transferencia, Estados Unidos se arrogó el derecho de impedir que territorios de la Corona española pasaran a otras potencias, una fórmula apenas velada de apropiación indebida. Esa lógica es exactamente la que hoy se refleja en Groenlandia: no importa su estatus, su autonomía o los tratados; si es estratégica, se considera legítima presa, en lo que algunos han llamado ya la “Doctrina Donroe” sucesora de la Doctrina Monroe en pleno Siglo XXI.
La ocupación de Florida comenzó con una operación encubierta: colonos estadounidenses proclamaron una falsa república, inmediatamente respaldada por tropas de Washington. España protestó, pero estaba atrapada entre Napoleón y las guerras de independencia americanas. Sabedor de ello, Estados Unidos avanzó sin freno. Tampoco el Reino Unido, pese a ser aliado de España en Europa, hizo nada por impedirlo, prefiriendo no incomodar a Washington.
Cuando se firmó el tratado, Florida ya estaba en manos estadounidenses. Los cinco millones de dólares no fueron un precio justo, sino el coste de rendirse.
Eso mismo podría ocurrir mañana en Groenlandia si Dinamarca y Europa siguen paralizadas. Trump no improvisa: repite una lógica estadounidense bien conocida. Primero se declara la necesidad estratégica, luego se presiona, después se crean hechos consumados y, por último, se exige un acuerdo que los legitime.
La verdadera incógnita no es si Estados Unidos intentará apropiarse de Groenlandia, sino si Europa será capaz de evitar que la historia se repita. Porque los españoles ya sabemos cómo terminan estas historias.