Salud sin fronteras
José Martínez Olmos
La IA Generativa en el ámbito de la salud
Hay innovaciones que se anuncian como revolución y se quedan en anécdota. Y hay otras que llegan con apariencia de herramienta práctica y terminan cambiando, poco a poco, el modo en que vivimos, trabajamos y nos relacionamos con los servicios públicos. La expansión de la inteligencia artificial generativa y, en particular, el desarrollo de soluciones orientadas a usos sanitarios como ChatGPT Salud, se parece más al segundo caso. No porque vaya a sustituir la medicina, ni porque necesariamente haya que esperar que pueda curar enfermedades, sino porque abre un nuevo espacio de interacción: el de la conversación permanente con el conocimiento sanitario. Y eso, en salud pública, es un terreno de alto potencial y, también, de cierto riesgo.
Conviene declarar desde el principio una idea esencial. En materia de salud, no hay lugar para el entusiasmo ingenuo. La innovación tecnológica no es un valor en sí misma. Lo valioso es saber si la innovación permite lograr mejor salud, mayor equidad, más calidad, más seguridad y sostenibilidad real. Todo lo demás es marketing. Por eso, la llegada de asistentes conversacionales avanzados a la vida de millones de personas plantea una expectativa legítima, pero también exige que no se desplieguen como un juguete, sino como un instrumento sometido a responsabilidad pública y evaluación continua.
OpenAI ha ido anunciando avances que apuntan a una IA más útil para tareas relacionadas con la salud personal. Desde apoyo para entender resultados y preparar consultas, hasta integraciones con plataformas de salud digital y datos personales, insistiendo en que se trata de un apoyo y no de un sustituto de la atención profesional. Esa dirección, si se hace bien, tiene un enorme valor social. A la vez han surgido debates muy serios sobre errores, ‘alucinaciones’ de los modelos, sesgos, seguridad del paciente y riesgos de confianza excesiva. El reto, por tanto, no es decidir si estas herramientas “van a estar”. Ya están. La cuestión de fondo es otra: ¿queremos que esta transformación ocurra con reglas, con evidencia y con garantías, o queremos verla avanzar de forma desordenada, desigual y orientada por intereses privados? Desde la perspectiva de un sistema público como el nuestro, la respuesta debería ser clara.
La primera gran promesa de herramientas tipo ChatGPT Salud es que pueden convertirse en un refuerzo de la alfabetización sanitaria. La alfabetización sanitaria no es solo “entender palabras médicas”; es saber navegar el sistema, formular preguntas, interpretar riesgos, reconocer señales de alarma y tomar decisiones cotidianas con sentido común. En ese terreno, un asistente conversacional bien diseñado puede ayudar de varias maneras.
Primero, traduciendo lo complejo a lo comprensible. La medicina contemporánea produce cada vez más información, pero no siempre se comunica mejor. Un asistente conversacional puede explicar qué significa un valor alterado, por qué hay variabilidad, qué preguntas conviene hacer y cuándo no hay que alarmarse. Esto no sustituye al médico: reduce confusión, evita consultas innecesarias y disminuye ansiedad.
En segundo lugar, preparando la consulta clínica. Un paciente crónico o una persona mayor con múltiples problemas de salud suele acudir a consulta con varias cuestiones y termina hablando solo de una. Un buen asistente puede ayudar a priorizar temas, organizar síntomas, recoger efectos adversos, recordar medicaciones y generar un guion útil para aprovechar mejor los diez minutos. No es menor: la eficacia de una consulta depende también de la calidad del intercambio.
Tercero, apoyando la adherencia terapéutica. La adherencia no falla solo por descuido; falla por falta de comprensión, por miedo, por efectos secundarios, por mala experiencia previa o por dudas no resueltas. Un sistema que ayude a entender para qué sirve una medicación, qué se espera y qué no, y qué señales requieren consulta puede reducir errores. Eso sí, ante cualquier signo de alarma, derivación clara a profesionales.
En conjunto, el papel más sensato para la ciudadanía es este: un asistente que eduque, ordene y acompañe, no una máquina que diagnostique.
Para los profesionales sanitarios, la IA generativa sí puede marcar una diferencia, pero solo si se integra de forma inteligente y segura por su capacidad de apoyo a la documentación clínica y a la continuidad asistencial. La fragmentación de información es una de las causas ocultas de errores. Si la IA ayuda a sintetizar episodios previos, resaltar cambios relevantes y presentar la información con claridad, puede mejorar la seguridad. Naturalmente, con trazabilidad y revisión humana: el profesional firma, no el algoritmo.
La IA puede sugerir diagnósticos diferenciales, recordar interacciones farmacológicas o proponer preguntas clínicas que conviene hacer. Pero este punto exige una regla de oro: la IA no puede ser fuente única de verdad. Debe estar conectada a fuentes fiables, actualizadas y auditables. La OMS ha advertido de forma explícita sobre los riesgos y la necesidad de gobernanza robusta para la IA generativa en salud: seguridad, privacidad, sesgos y responsabilidad son dimensiones críticas. Y la equidad. Si ignoramos esto, la promesa se convierte en amenaza.
La pregunta no es si la IA entra en la sanidad. La pregunta es cómo entra. Y ahí la respuesta debería ser una alianza clara entre ciencia, profesionales, gestión pública y ciudadanía: innovación con garantías.
Llegamos al punto más delicado. ¿Tiene sentido pensar en disponer de un “ChatGPT Salud” oficial, vinculado a un servicio regional o al conjunto del SNS? Mi visión es que sí podría tener mucho sentido, y precisamente por una razón de salud pública: si no lo hace el sistema público con reglas, lo hará el mercado sin ellas. Y la ciudadanía, de forma natural, se apoyará en lo que tenga más a mano, no en lo más seguro. Esto será un asunto para otra tribuna.
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