Cuenta y razón

¿Campana? ¡din, don! Borrón de Pedro Antonio de Alarcón

  • Selectivo y raramente abierto al nativo, aquel local albergó uno de los actos que tuvieron lugar en la ciudad durante una visita del escritor a la ciudad

¿Campana? ¡din, don! Borrón de Pedro Antonio de Alarcón ¿Campana? ¡din, don! Borrón de Pedro Antonio de Alarcón

¿Campana? ¡din, don! Borrón de Pedro Antonio de Alarcón

Hay en la calle Real esquina con la del Arco una curiosa casa aproada, de vocación marinera, navegante en la segunda mitad del siglo XIX con el nombre de Costum y Club Inglés por la nacionalidad de un pasaje corto, allí embarcado en las horas libres de sus quehaceres comerciales, entre el humear del moka auténtico y el habano de verdad, sesteando entre vistazo y vistazo a periódicos y revistas de todo el mundo. 

Selectivo y raramente abierto al nativo, aquel local albergó uno de los actos que tuvieron lugar en la ciudad durante una visita del escritor Pedro Antonio de Alarcón y a cuyo relato quiero dedicar estas líneas no sin antes dejar constancia de que la identificación de la casa así como la anécdota que referiré son datos transmitidos por sus mayores a Jesús de Perceval y a él se los debo, como le debo tantos; una deuda asumida con gusto ante aquellos que se extrañan de la presencia frecuente del nombre de aquel gran artista en mis escritos. 

No van estas líneas por los derroteros de la conocida obra literaria de Alarcón, sino que tratan de aportar una pincelada más sobre el retrato del escritor cuyo primer contacto personal con la ciudad de Almería tuvo lugar en 1854 cuando vino desde Guadix en un viaje de cuarenta horas de galera de mulas por cerros, río y rambla con noche de pulgas mesoneras incluida, para encontrarse con la ciudad oriental soñada, con casas de una planta y sus huertanos vestidos con zaragüelles. 

Pedro Antonio de Alarcón. Pedro Antonio de Alarcón.

Pedro Antonio de Alarcón.

En caballo hizo Alarcón la entrada en Almería en su segunda y última visita. Era el año 1861 y como hacía poco de la publicación del Diario de un testigo de la guerra de África el escritor era ya hombre admirado por lo que su presencia contó con el concurso, no voy a decir del pueblo que estaba en aquello ineludible de la subsistencia, pero sí de la burguesía almeriense con inquietud que lo recibió, jubilosa, en sus sociedades; en una de las cuales, el citado club inglés recordado por el escritor hasta en sus últimos días en 1891, aconteció un suceso que pintó de oscuro aquella visita del accitano.  

Entre los que le recibieron hubo quien le habló de la existencia de un hombre apellidado Campana, guapo y galante, muy admirado por las mujeres; oyó esto Alarcón y nada dijo pero guardó el dato y cuando le fue presentado ante una concurrencia nutrida y siempre atenta a cuanto él hacía y decía, va este y le pregunta:

-¿Campana?

-Sí. ¿Por qué?

Burlón, le mira en silencio mientras hace el gesto de agitar con dos dedos una campanita para acabar contestando:

-¡Din-don!

Aquel hombre humillado, se indigna y sin pronunciar palabra le tira el guante y reta a duelo. Una visita literaria que se había prometido feliz, a punto está de convertirse en drama de sangre y aún de muerte por la ligereza del escritor. 

Unos cuantos amigos comunes testigos de la afrenta, entre los que se encuentra don Juan Gabriel del Moral, bisabuelo de Perceval, tratan de que Pedro Antonio solicite el perdón al ofendido y a este su desistimiento. Pero todo es en vano y otra vez tenemos a Alarcón en duelo de pistola, como en 1855 en Madrid, cuando se enfrentó a un periodista isabelino y buenísimo tirador que tuvo la generosidad de desviar el disparo para salvarle la vida.

 Hubo pues duelo sin que por desgracia haya llegado hasta nosotros detalle alguno a no ser lo poco que, más que describir, apunta con un cierto aire de arrepentimiento el propio escritor: un "lance, que no merece pasar a la Historia, en que dos inocentes vertieron su sangre, al rayar el día, dentro de un cercado de higueras chumbas, por un quítame allá esas pajas". 

Era el retador, al que no he podido identificar con precisión, caballero de un linaje noble asentado en nuestra ciudad en la segunda mitad del siglo XVIII, el de Álvarez-Campana con presencia actual en la sangre de su dilatada descendencia, así como en lo toponímico: la rambla de Campana, en Pechina y en la plaza del doctor Gómez Campana, ante el Hospital Provincial, y aún en lo heráldico, según vi en casa de don Trino Gómez Campana en la plaza de San Pedro, en un magnífico sillón del siglo XVII cuya faja espaldar de añejo terciopelo mostraba bordado con primor el escudo familiar. 

La campana, de oro sobre campo de gules, sin permiso alguno tañida por Alarcón en un momento en que dejó de ser célebre para quedarse tan solo en famoso, algo que suele ocurrir con frecuencia y aún en personas de la talla de él, pues si el escribir bien es garantía de mucho no lo es de todo. Asegura el refrán -y con razón pues para eso está, para dárnosla según convenga- que el mejor escribano echa un borrón, pero no dice que el mejor escritor hace un tachón

Así es que cedo este aporte al refranero para consuelo de quien se duela por aquella gratuita provocación sólo explicable por la puntica de envidia ante la apostura del retador. Pero está claro que Alarcón, hombre inteligente y correcto, tuvo una hora tonta, un minuto bobo, cuando preguntó : ¿Campana? y respondió: ¡din, don!

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